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Fuga del Juan XXIII

 

FUGA DEL JUAN XXIII

Mural del comedor Los Pinos.

La diáfana mañana del martes 21 de abril de 1981, pasábamos clases de Psicología con el director general del internado Juan XXIII, el jesuita Alfonso Pedrajas, conocido por el hipocorístico de Pica. Explicaba las tipologías de Galeno y de William Sheldon. Nosotros, de entre 13 y 14 años, tratábamos de identificarnos con algunos de los caracteres y temperamentos que describía.

Aquella mañana, alguien tocó la puerta. Pica la abrió impasiblemente. Era un estudiante de la promoción 1981, José Luis Gareca. Agitado y asustado, le informó que varios paramilitares habían irrumpido en el colegio y que perseguían a Faustino Torrico, el profesor de Biología e Historia de Bolivia. Le suplicó que se ocultara.

Flemático, sin mostrar señales de alarma en su barbado rostro, ordenó a Carlos Vargas que tocara la campana. Este salió y con un tubo golpeó el riel que colgaba a cinco metros de nuestra aula. Pica nos instruyó que saliéramos al patio como si fuese un recreo y que nos dispersáramos para distraer a los intrusos. Dio la sensación que esperaba una situación de este tipo.

Alfonso Pedrajas Moreno, Pica, director general del Juan XXIII.

Contacto matinal

Faustino Torrico, cuyo apelativo era Fox, vivía “por precaución” en el colegio. Formaba parte del equipo de educadores, denominados cariñosamente oxis por oxidados. A momentos, asistía a la Facultad de Medicina de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS). Trabajaba intensamente en una célula del Frente Obrero del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), como durante la dictadura de Hugo Banzer Suárez hasta antes que lo torturaran y exiliaran a Bélgica en junio de 1977. Era propagandista y capacitaba a líderes del sindicato de la fábrica Manaco. Pica lo respaldaba. Ambos sabían que el Departamento de Orden Político (DOP) investigaba al Juan XXIII.

Para mantener algún contacto con el MIR, de lunes a viernes, Fox llevaba en motocicleta a María y Ana, las hijas de los voluntarios catalanes Xavier Masllorens y Conxita Ferré (Ima), al kínder Jesús María que se encuentra en Las Cuadras, cerca de la laguna Alalay. Aquella mañana otoñal, salió del Juancho poco antes de las 08:00 para llegar media hora después al preescolar de Fe y Alegría. Dejó a María, pues Ana -de tres años- aquel día se había negado a ir a clases. Retornó por el centro de la ciudad. Llegó a la plaza 14 de Septiembre con el pretexto de comprar Los Tiempos.

Allí, todos los días, a las nueve de la mañana, debía mantener un “contacto visual”, que significaba “estamos bien”, con un camarada del Frente Obrero. Se aproximó a un kiosco y, cuando pagaba, su contacto le advirtió en voz baja: “Tienes que tener cuidado, porque anoche han agarrado a tal, a tal y a tal’”. En la mente de Fox, bullía el recuerdo de la masacre de ocho de sus compañeros en la calle Harrington de La Paz el 15 de enero de 1981. La información alteró su estado emocional. Decidió retornar al Juan XXIII y marcharse.


Abraham Masllorens.

Persecución implacable

Recorrió la avenida Heroínas, pasó por la plaza Corazonistas, cruzó el puente de Quillacollo, enfiló por la Blanco Galindo, llegó a la actual Melchor Pérez de Olguín, bordeó los terrenos del complejo de los fabriles y, por las polvorientas callejuelas de Villa Granado, llegó alrededor de las 09:30. Todo el tiempo verificaba que no lo siguieran.

Ingresó al colegio, parqueó su motocicleta delante del pasillo L, dejó el periódico en la recepción y, cuando se disponía a ir a su dormitorio, se encontró con Ana y su hermano. Jugaban en los jardines. El niño, de apenas un año, corrió hacia Fox, él lo tomó en sus brazos, le acaricio y susurró: “Hola, Abraham”.

En aquel instante, dos tipos se aproximaron. Uno de ellos le gritó: “¡Faustino Torrico! ¡Fox!”. Una alerta roja se activó en su mente. Se quedó en silencio, aspiró, caminó lentamente y, tras asentar con delicadeza a Abraham, en fracciones de segundo, impulsado por una poderosa energía, corrió por la calle que conectaba la entrada del colegio con la puerta trasera de la cocina. Uno de los intrusos arrancó en su persecución, mientras el otro solicitaba refuerzos mediante un walkie-talkie.

Dos carpinteras de overoles anaranjados, Inés Pérez y Norah Omonte, lijaban y barnizaban en el pasillo frontal de un galpón ubicado a la derecha del portón. Observaron la irrupción de los agentes del DOP. Aunque desconocían qué ocurría, persiguieron al que había avanzado por el pasillo L. Ima salió de su habitación y vio que alguien perseguía a Fox. Instintivamente gritó: “¡Rateros! ¡Qué hacen!”. Discutió con el que hablaba por un intercomunicador. El agente del DOP se identificó como policía y argumentó que en estado de sitio y toque de queda podían ingresar a cualquier parte para “capturar a terroristas”. Habían descubierto la rutina de Fox y pretendían capturarlo dentro del Juan XXIII.

La entrada al colegio Juan XXIII.

Choco Chávez

Fox llegó al sector de las platabandas en 30 segundos. Octavio Chávez, un exalumno que trabajaba como profesor de Química y responsable de platabandas, relata que, cuando mezclaban cemento con arena y grava, vieron pasar a Fox “como un bólido” con el rostro aterrorizado. Gritaba desesperadamente: “¡Me van a llevar!, ¡me van a llevar! ¡Auxilio! ¡Me van a llevar!”. El paramilitar corría a unos metros de él y blandía una pistola.

El fornido Choco Chávez rápidamente se dio cuenta que se trataba de un paramilitar por lo que, cual jugador de fútbol americano, lo atrapó y abrazó poderosamente. Convocó a sus compañeros: “¡Vengan!, ¡vengan! ¡Quieren asaltar a Fox! ¡Es un ladrón!”. Asustados, pero convencidos por su jefe, cuatro muchachos los rodearon. “¡Yo no soy ladrón, soy de la Policía!”, vociferaba el agente mientras vomitaba palabras soeces. “¡No!, ¡es un ladrón!”, insistía Choco Chávez. Así evitaron que disparara a quemarropa a Fox. El fugitivo ganó unos segundos y se escabulló detrás del seto que bordeaba el comedor Los Pinos.

Tras retenerlo unos instantes, soltaron al furioso paramilitar. Este continuó su feroz persecución. Había visto que Fox giró hacia la izquierda, por lo que tomó el pasillo del comedor. Agazapado, buscaba algún rastro. Algunos platabanderos lo perseguían.

Platabanderos, Jhonny Suárez y René Vargas, el año 1981.

Muro de pinos

Fox giró por los tendederos para secar ropa, al frente de la lavandería, y –por un claro de la pared de pinos– salió al pasillo este de la piscina. Corrió sigilosamente por el corredor que conecta la pileta con el segundo brazo del pasillo L, detrás de los baños, e ingresó al aula de primero de Cultura.

El paramilitar “por instinto” alcanzó la piscina. La rodeó y exploró cada rama. Se desorientó, no sabía qué inspeccionar. A gritos, convocó a sus compinches. Llegaron dos paramilitares armados con ametralladoras.

Todos requisaron sin éxito los baños, la piscina, detrás de las aulas y la cancha de volibol; incluso abrieron de una patada el depósito de material de limpieza de debajo de las gradas. “¡Revisaremos, está aquí, está aquí!”, ordenaba uno de ellos. Los otros inspeccionaban una y otra vez todos los recovecos. Este alboroto ocurría entre tres y cinco minutos después de que Fox iniciara la que sería una carrera por su vida.

La piscina en la actualidad.

Aula protectora

Antes del primer recreo, la profesora de Vida Mundo, Aida Vargas, trabajaba con estudiantes de primero de Cultura. Recuerda que Fox ingresó intempestivamente y rogó: “Tranquilos, tranquilos, pasen no más clases”. Se puso de cuclillas, se mimetizó entre los adolescentes. Así estuvo un “buen ratito”. La docente dominó su tensión y continuó la clase. Los estudiantes simulaban que coordinaban, ya se habían percatado que algo peligroso ocurría. “Aida intentaba calmarnos, todos estábamos nerviosos, éramos niños de 13 años”, relata Omar Quiroga. Momentáneamente, la educadora invisibilizó la presencia de Fox, pero los paramilitares se aproximaban a los grandes ventanales del aula.

Fox se parapetó detrás de un grupo, tomó su reloj y un manojo de llaves. Los entregó a Reina Ávalos. Ella cree que hizo esto porque sabía que era de Vallegrande como él. Uno de los paramilitares, que husmeaba detrás del bloque de aulas, ya resignado, solo por olfato de perro policía, se fijó atentamente por la ventana y “por casualidad” sorprendió a Fox, asegura el platabandero Jhonny Suárez. Alertó a sus cómplices: “¡Ahí, ahí, ahí está!”. Fox salió como cohete rumbo a los dormitorios, aunque sabía que no había otra salida ni vía de escape.

Primero de Cultura en 1981.

Camisa rota

El paramilitar que lo había asediado lo vio subir y corrió detrás de él. Las dos carpinteras, Norah e Inés, los persiguieron. Cuando el tira, ya en el pasillo de la segunda planta, antes del primer dormitorio, estaba a punto de atrapar a Fox, Norah lo tomó por la camisa y la desgarró. Le otorgó cinco valiosos segundos al fugitivo para que ingresara. Inés narra: “El paramilitar le quiso dar un manazo, pero no pudo” porque llegaron los platabanderos. En el acto, ambas se apostaron en la puerta, como aguerridas guardianas. Con los brazos extendidos hacia atrás les espetaron en su rostro que “tendrían que pasar sobre ellas” para cruzar aquella puerta.

Desde el vestíbulo de la biblioteca, otro exalumno y profesor de Lectura, Rolando Olguín, sin comprender lo que ocurría, vio a Fox subir a la segunda planta y a “los chicos corriendo detrás él”. Decidió participar de la solución. “Tenía que intervenir, pues era mi colegio y se trataba de un amigo, se trataba de Fox. Somos hermanos del alma”, explica.

El pasillo de los dormitorios, a la derecha el de varones.

Breve armisticio

Cuando salimos al patio, Fox ya se había refugiado en el dormitorio. Una barricada de mujeres lo protegía. Los paramilitares comprendieron la imposibilidad de capturarlo y convocaron a más refuerzos. Dos, con pistolas disimuladas en el cinto, custodiaban el pasillo, uno frente a la puerta y otro apenas unos metros después de las gradas. Dos más, con ametralladoras, vigilaban los ventanales posteriores del edificio. El jefe del grupo caminaba entre la cancha de básquet, el pasillo L y las oficinas del colegio. Se comunicaban mediante transmisores.

Los estudiantes nos concentramos en el patio de césped frente a los cursos y alrededor del tablero norte de la cancha de básquet. Paulatinamente llegaron los trabajadores de la comuna Pequeña Nueva Bolivia. Algunos pocos observaban el acontecimiento desde el anfiteatro y la biblioteca.

José Luis Gareca alentaba a corear el "¡Quieren chi, chi, chi!” que había aprendido en Santiago de Chile unos meses antes cuando viajó con Walter Limachi y Adalid Mena, a un encuentro espiritual ignaciano con jóvenes indoamericanos. “Pica me dijo que teníamos que hacer cosas para distraer la atención...; de ahí que nos organizamos en grupos para molestar a los paramilitares”, relata. Los cánticos convencieron a los policías que requerían refuerzos.

La parte posterior de los cursos y el tanque de agua en la actualidad.

Escondite secreto

Una vez que Fox aseguró la puerta, abrió la ventanilla que conectaba con la habitación del director del colegio. Por esa abertura de 45 por 45 centímetros, se deslizó. Pese a su estado emocional, evaluó su situación. Se convenció que la única opción era que las paredes lo devoraran. Cuando estaba a punto de ingresar a un zulo, alguien golpeó la ventanilla que comunicaba con el dormitorio de chicas. Era Rolo Olguín, quien -con la templanza de un cirujano- le sonrió. “Ahí pensamos qué hacer”, afirma Rolo.

Dos exalumnos y tres oxis confirmaron la existencia del zulo, después que les conté que Ana Estévez (Anny), de la promoción 1985, lo había descubierto accidentalmente en 1983 cuando repintaba la habitación de Pica. Uno de ellos asegura que, durante una vacación de fin de año, incluso ayudó en su construcción “secreta”. El escondrijo tenía un catre plegable, una diminuta mesa y una silla. Allí el director guardaba libros, discos, cassettes y un equipo de sonido. Ingresé a este escondite cierto día de diciembre de 1982 cuando Pica me pidió que buscara un disco.

La cancha de básquet, al fondo el bloque de aulas y dormitorios.
Decisión clave

Fox y Rolo analizaron el riesgo que implicaba que ingresara al zulo, pues los paramilitares podían notar el espacio muerto y derribar paredes, lo que Fox ya había previsto y, por esa razón, permanecía aún en la habitación. Si así sucedía, sabían que irremediablemente lo capturarían y que los policías irían tras Pica. Preocupados por los escenarios probables, que comprometían al director y al colegio (podían intervenirlo como a las universidades o clausurarlo), decidieron que Fox abandonara la planta alta, como Pica había insinuado. “Se me ocurrió sacarlo como si fuera un estudiante”, asegura Rolo.

Disponían una ventaja estratégica; los paramilitares desconocían que dos ventanillas intercomunicaban los dormitorios. El tiempo, entre 20 y 30 minutos, antes que los refuerzos llegaran era una desventaja. Fox traspasó hacía el dormitorio de las chicas. Rolo entraba y salía del recinto pese a la mirada inquisitiva de los dos paramilitares. Coordinaba el operativo.

Su táctica consistía en que grupos pequeños de comunarios transiten permanentemente por el corredor y que, de cuando en cuando, ingresen y salgan del dormitorio de mujeres mientras otros, los más robustos, distraían a los dos vigilantes. Rolo evoca que planificaron “en una de esas, salir”. Si, por cualquier razón, los descubrían, los que entretenían a los paramilitares “no les dejarían pasar”. Las instrucciones circulaban eficazmente.

Intentaron disfrazar a Fox de mujer. Buscaron un vestido; pero no encontraron ninguno de su talla, él media entre 1,75 y 1,80 metros. Tampoco había ropa de varón. Ante el paso inexorable de los minutos, decidieron recortarle el cabello, sacarle los anteojos, arroparlo con un poncho rayado de Pica, envolverlo con una chalina y cubrirlo con un chulito. Segundos antes de salir, se autoconvencieron. “Dijimos: Va a funcionar”, asegura Rolo Olguín.

El dormitorio de varones en 1981.

Salida intrépida

Cuando se cumplían aproximadamente 25 minutos desde que había subido a la segunda planta, Fox salió por otra puerta. Lo flanqueaba Rolo Olguín a su derecha. Tres valientes los escoltaban. Todos caminaban con aparente tranquilidad. En el corto trayecto entre la puerta y el descanso de las gradas se plegaron otros guardianes.

Choco Chávez, quien conversaba con el primer paramilitar apoyado en la baranda, asegura que, de reojo, los vio pasar. “Se me ha helado la espalda, pero seguía charlando con el tira para que no vuelque la cara”, recuerda aún agitado.

Yo me apoyaba también en la baranda y miraba hacia la cancha de básquet. Al escuchar que abrían la puerta, me di la vuelta y -a menos de un metro- me encontré con el rostro de Fox, quien se agachaba levemente. Estuve a punto de pronunciar su nombre, pero -hasta ahora no sé cómo- apreté mis dientes. Todavía me pregunto qué habría sucedido si lo hubiera nombrado.

Fox y Rolo llegaron a las gradas, bajaron sin correr y tomaron el pasillo L rumbo a la cocina. El custodio próximo a las gradas se percató tarde que Fox se mimetizaba en el grupo. “Parece que el segundo paramilitar se dio cuenta cuando ya estábamos por las gradas, pero ya estábamos abajo, ya era tarde para ellos”, narra Rolo.

Norah confirma que antes de que Fox llegue a las escaleras, el segundo paramilitar dudó. “Supongo que pensaba si realmente el que estaba disfrazado era Fox; al final, no pudo hacer nada”, evoca. Esta reacción del agente frenó una revuelta.

Neptalí Huayllani muestra el ingreso al escondite de la cocina.

Segundo zulo

Un carpintero, ya exalumno, Pedro Cuba, bajó detrás de Fox y Rolo. Relata que rodearon el comedor y que escuchó que lo animaban a escapar por la barda. Reaccionó: “¡No!, atrás ya hay policías militares”. Fox ingresó a la cocina por la puerta trasera y se introdujo en el escondite que pretendía alcanzar cuando inició su frenética carrera por la calle de las platabandas.

Fox describe: “En la cocina había un escondite. Con el Pica se había hecho construir un escondite. En la despensa había un mueble donde se ponía harina, arroz, azúcar y, abajo, había una puertita de este tamaño [dibuja un cuadro de 40 x 40 centímetros], que uno podía empujar y entrar. La entrada parecía parte del muro. Se entraba a un ambiente que tenía 60 centímetros por dos metros. Ahí había un colchón y luz. Sabíamos muy pocos de eso”.

Dentro del zulo, Fox se tranquilizó, aunque -a ratos- percibía los borborigmos de su abdomen e incluso dejó de respirar reviviendo mentalmente la odisea que había vencido durante los 30 minutos más intensos de sus 28 años recién cumplidos el 15 de febrero. Se había salvado.

Neptalí Huayllani describe el segundo zulo, Fe y Alegría lo convirtió en una cocineta. 

Policías militares

Segundos después que Fox bordeara el comedor para ingresar a la cocina, aproximadamente a las 10:00, alrededor de 25 agentes del DOP y una compañía de policías militares de la Séptima División del Ejército, que habían llegado en camionetas y dos caimanes, irrumpieron en el colegio por el portón y una pared trasera que colindaba con la vaquería. Los paramilitares corrieron hacia la segunda planta. Los militares reunieron a los estudiantes y profesores en la cancha de básquet y rodearon el perímetro del Juan XXIII. Pica desapareció, comprendió que revisarían su habitación.

Azuzados por la voz de mando de su rubio jefe (por su apariencia y su acento algunos creyeron que se trataba del ultraderechista Fernando “Mosca” Monroy), los tiras atravesaron la cancha de básquet, subieron a la segunda planta y, tras atemorizar con sus ametralladoras y reubicar a las guardianas, ingresaron violentamente. Hasta aquel instante desconocían que se trataba de un dormitorio.

Buscaron debajo de los colchones, incluso de los del segundo piso de los catres, vaciaron armarios, revisaron las mallas de los ventanales, subieron al entretecho por una claraboya. Gritaban: “¡No hay!”, “¡No aparece!”, “¡Se ha escapado!”. Sus jefes ordenaban: “¡Busquen, carajo, aquí tiene que estar!”. Los rostros de los dos custodios del pasillo se desencajaron.

Se percataron que una ventanilla conectaba el dormitorio con la habitación de Pica. La revisaron y constataron que otra ventanilla desde el cuarto del director conectaba con el dormitorio de las chicas. Desesperados, dedujeron la existencia de algún pasaje secreto hacia el tanque de agua, que se encontraba a la altura de la esquina superior noreste del edificio. Golpearon suavemente las paredes.

Ingresaron a la habitación del director. Era pequeña, de dos metros de ancho por tres de largo. Allí había un librero de tablas y ladrillos con espacios libres entre el piso y la primera repisa. Un rectángulo central, escondido al nivel de la baldosa, disimulaba la puerta del refugio. Un extraño conjuro lo había invisibilizado.

Imagen reciente de Antonio Menacho.

Jesuita valiente

Alrededor de las 10:30, llegó Antonio Menacho, el superior de la comunidad misionera San Pío X de novicios jesuitas. Una llamada de auxilio del subdirector del Juan XXIII, Carlos Villamil (Vicu), a las 09:30 lo había convocado. Lucía extremadamente alto y flaco. Su tez blanca y su enorme nariz aguileña le otorgaban una estampa señorial. Caminaba con firmeza y determinación. Con palabras enérgicas exigía que los paramilitares detengan sus acciones violentas.

Desde que llegó a Bolivia en 1952, lo habían preparado para conflictos como este. Llegó una hora después porque ocultó su vehículo entre los maizales, cerca de la parada del colectivo “4”, previendo que la situación empeore. Vicu le informó que Fox se encontraba a “buen recaudo” y le imploró que evitara que los paramilitares encuentren el zulo de la habitación de Pica. Su actuación fue fenomenal.

Subió al corredor de los dormitorios y encaró a los paramilitares y a los soldados. “¡Son unos cobardes!, ¡qué van a hacer aquí con armas de fuego en un lugar de menores!”, les recriminó. Impresionó a los reclutas de la Séptima División que bajaron sus armas. Paseaba de este a oeste y viceversa por el corredor de los dormitorios y, sin demostrar ningún signo de cansancio, subía y bajaba las escaleras. Logró su propósito, poco a poco los paramilitares descendieron.

Inma y Xavier Masllorens, los voluntarios catalanes.

Tres detenidos

Perder la pista de Fox exacerbó a los paramilitares. Se negaban a admitir su fracaso. El jefe ordenó la captura de Rolando Alanes, un estudiante de la promoción, por fotografiar el operativo, de Octavio Chávez por impedir que uno de sus hombres capture a Fox en la calle de las platabandas y de Xavier Masllorens a quien sorprendieron impartiendo instrucciones a los estudiantes e identificaron como el “director interino”. Intentaron aprehender a Inés Pérez y secuestraron la motocicleta de Fox, como una evidencia de que “el rojo” se encontraba en el colegio.

Condujeron a los aprendidos hasta una vagoneta blanca. Dos filas de paramilitares los recibieron con empujones y patadas en las canillas. Entonces, inesperadamente, el jefe se aproximó al vehículo y ordenó: “No, no, no, a esos changos bájenlos, está reclamando el padre”. Efectivamente, Menacho vociferaba desde la puerta. La Compañía de Jesús liberaría a Xavier al día siguiente por la tarde.

Cuando Pica ingresó a los comedores para anunciar que todas las actividades continuarían, los comunarios a punto estuvieron de silbarle como un gesto de reprobación por su ausencia. Los muchachos murmuraban entre ellos: “Nuestro director no nos ha protegido, se ha ocultado”. Después el director fue al aula de los más pequeños y les recomendó: “Los que quieran irse del colegio, cuenten a sus padres porque seguro que se los van a llevar”.

Carlos Villamil, Vicu, el subdirector del Juan XXIII.

Extracción nocturna

Después del repliegue de los paramilitares, a partir de las 13:00, cada dos horas, Vicu salía del colegio en una camioneta. Conducía hacia la ciudad por diferentes rutas. El sacerdote buscaba un refugio para Fox y constataba si operaba algún retén del DOP. Comprobó que no. Decidieron evacuarlo.

Hacia medianoche, Fox abandonó el escondite, se abrigó y salió por la puerta trasera de la cocina. Se recostó sobre el asiento trasero de la camioneta. Vicu lo cubrió con frazadas. Encendió el motor y condujo lentamente hasta el portón del colegio. Se perdió en la noche.

Enfiló hacia la zona sureste de la ciudad. Allí, en la vivienda de uno de sus familiares, escondió a Fox por algunas horas. Lo trasladó posteriormente a un templo que la parroquia de San Rafael tiene en la calle Julián María López, al frente de los edificios de la Facultad de Tecnología de San Simón. Dos días más tarde, lo reubicó en el colegio Amor de Dios de la avenida República, al lado del templo de San Carlos. Los jesuitas intuyeron que la estadía del fugitivo allí debía ser breve. Decidieron que emigre.

Un mes después, Fox aprovechó la muchedumbre que se congrega por alrededores de La Cancha y subió a un Volvo doble cabina que conducía un jesuita camionero, Eduardo Cavanagh, que trabajaba en el hogar San Ignacio de Loyola de Tacata, Quillacollo. El vehículo se confundía con las flotas de camiones que llegan de Luribay cargados de duraznos, ciruelos, damascos, peras y uvas. Al atardecer, partió hacia la Sede de Gobierno.

Recuerdo que aquella noche, alrededor de las 22:00, mientras mi curso disfrutaba de una fogata durante el campamento de invierno en Chiltupampa (Parotani), a 42 kilómetros sobre la carretera Cochabamba-Oruro, un enorme camión se estacionó y jugó con sus faroles. Era Cavanagh. Saludó a Pica y se quedó con nosotros a contar chistes. Un compañero y yo trepamos hasta las líneas del tren después de unos minutos y vimos que Fox y Pica se despedían.

En un camión cargado de huevos de una colonia japonesa de San Juan de Yapacaní, una fría madrugada Fox llegó a La Paz. Desde La Ceja de El Alto, Cavanagh, con un bollo de coca que inflaba su cachete izquierdo, condujo hasta la puerta del garaje del colegio San Calixto que da a la avenida Sucre, por donde Fox ingresó a la residencia de la Compañía de Jesús.

Segundo exilio

Fox recibió del superior de la comunidad las normas básicas. Le prohibieron terminantemente que saliera de la residencia, algo que desoyó. Debía permanecer en un claustro estricto porque oficialmente se encontraba en las instalaciones de la Embajada de Bélgica, que asilaba a una excesiva cantidad de perseguidos. Un acuerdo entre el provincial Jorge Trías y el Embajador belga había resuelto la falta de espacio.

El 10 de junio de 1981, gracias al arduo trabajo de ambos y a los interminables trámites de André Enrique Coenraets Jacquelott en Bruselas, Fox partió por segunda vez a Bélgica. Esta vez se había propuesto estudiar y retornar solo cuando se titulara de médico.

Faustino Torrico es ahora docente e investigador en la Facultad de Medicina de la UMSS, se desempeña como consejero titular en el Consejo Universitario y dirige la Fundación Ceades. Abandonó el Frente Obrero del MIR en 1984, durante los primeros años del gobierno de la UDP. Asegura que comprendió que “lo más importante en la vida es ser libre en el pensamiento y los actos y que la lealtad es para con uno mismo y para con los amigos e instituciones donde uno trabaja”.

El actual Juan XXIII languidece en Cocaraya. En 1997, durante la dirección de Menacho, cuando la última promoción de internos se marchó, los jesuitas dejaron de seleccionar estudiantes brillantes de los estratos pobres de las diferentes regiones de Bolivia y clausuraron el internado de este proyecto educativo construido por Coenraets Jacquelott. Lo transformaron. “Es otro Juan XXIII porque han cambiado los tiempos. Es un colegio normal de Fe y Alegría”, afirma Menacho sin remordimiento.

Faustino Torrico, 40 años después.


Historia de Juan

Historia de Juan[i]


Faustino Torrico nació el 15 de febrero de 1953 en una céntrica calle del primer anillo de Santa Cruz de la Sierra. Para evitar comentarios de la pacata, colonial y aristocrática sociedad cruceña, presume, inmediatamente después de nacer lo enviaron a Vallegrande, al hogar de una de sus tías maternas. Desde entonces, Fox vive con una H atravesada en su alma, su corazón y su garganta. Con 68 años recién cumplidos, afirma: “En realidad, yo no tengo una familia…, yo soy solo porque… soy hijo natural”. Esta es una de las causas de su intransigencia frente a cualquier tipo de injusticia.

Su tía había contraído matrimonio con un austriaco, Otto Blum; era el único dentista en las comarcas aledañas a Vallegrande. “Yo vivo con esta tía y su marido, era un hombre muy bueno, un austriaco, dentista, judío, escapado de la Alemania nazi en 1937 o 38”, relata Fox. Vivía en un ambiente familiar culto porque su tía, quien administraba una librería, fomentaba la lectura de los clásicos infantiles y porque su tío Otto le contaba su experiencia durante Primera Guerra Mundial como oficial del ejército austrohúngaro y durante el populista, autoritario y criminal gobierno de Adolfo Hitler que ya había asesinado a una parte de su familia. Además, recuerda Fox, “era músico y tocaba todo tipo de instrumentos maravillosamente”. Este judío austriaco, aunque era conocido como suizo en Vallegrande, desde que Fox tuvo consciencia lo vinculó a la áspera historia de Europa, lo que probablemente influyó en el temperamento hiperactivo de aquel niño. “Un terrible parece que era yo, un terrible. En todo caso, a mi tío cada dos días venían a gritarle a la puerta: ‘Me ha pegado el Faustino’”, confiesa y ríe ante tal anécdota.

Otto Blum, quien había acumulado “mucho dinero porque era el único dentista en leguas a la redonda”, reflexionaba y le aconsejaba: “Faustino, el día que tú puedas, te vas a ir de este pueblo, porque este pueblo es el culo del mundo, tú aquí no tienes futuro. Yo estoy aquí porque estoy amarrado a tu tía y ya no tengo dónde ir”. Aquellas palabras se habían tallado en su consciencia. “Yo eso lo tenía marcado…, tanto así que empecé a ahorrar plata para irme, ¿a dónde?, no sé, porque hipotéticamente yo no tenía familia”.

Adiós Vallegrande

Cierto día del último trimestre de 1964, cuando Fox -ya con once años- estudiaba en quinto de Primaria en la escuela Rubén Terrazas, que se encontraba a unas seis cuadras de la vivienda de sus tíos, su profesor Carlos convocó a cinco o seis alumnos tras ingresar al aula: “A ver, tú, tú y tú, mañana van a dar un examen para irse a La Paz ¿Quieren irse a La Paz? Les van a pagar todo, van a vivir bien”. Se refería a la prueba que André Enrique Coenraest Jacquelott (padre Enrique), un sacerdote belga que se convertiría en su padre material y espiritual, aplicaba para seleccionar estudiantes a quienes educaba en el colegio internado Juan XXIII. Resolvió el examen con pasión porque había decidido marcharse del poblado. “Yo, si me decían que me vaya a Punata, igualito me iba, a cualquier lugar”, afirma con contundencia.

Aunque leía frecuentemente, Fox dudaba de su competencia académica: “Yo era un bruto, pero no sé cómo era de los mejorcitos del curso… [ríe], porque yo era un bruto; eso sí, me gustaba leer porque mi tía tenía una librería, ahí yo leía un poco lo que caía en mis manos. Resulta que eran cuentos, como Caperucita Roja y Blanca Nieves, cosas así”. Su capacidad lectora era destacable porque, rememora con nostalgia, leía en voz alta mientras su tía dormitaba en un sillón del zaguán de su librería durante las calurosas tardes vallegrandinas, pese a que ella prescribía tal ejercicio intelectual.

Un tiempo después llegó correspondencia a su domicilio. Era la noticia que esperaba con ansias. El director del Juan XXIII lo había seleccionado. Le envió una carta de admisión, las instrucciones y la fecha para presentarse en La Paz. Marcharse al internado significó para él un regalo de los dioses por todas sus tiernas plegarias.

Su tía le ayudó a acomodar una maleta con ropa abrigada y todos los enseres personales. El jefe de su familia, su tío, lo respaldó plenamente. Recuerda que le reflexionó: “Bueno, la vida está abriendo una puerta, ¿ya Faustino?, porque aquí no vas a terminar en nada bueno”. Ambos parientes prepararon su viaje y lo despidieron cuando abordó un desvencijado autobús que lo llevaría primero a Cochabamba y, después, a La Paz. Viajó solo.

Fue un viaje agridulce. El traqueteo del autobús, por el escandaloso estado de los caminos de aquel tiempo, le provocaba tremendos dolores de estómago con cada vuelta. “En la flota me descomponía, oye, yo creo que andaba medio kilómetro y ya estaba vomitando, era terrible, sufría, sufría…, pero igual iba, pues, ¿qué iba a hacer?”, evoca su primera gran travesía. Lo reconfortaba la idea de “días mejores”, como su tío Otto le había convencido.


Aranjuez

Con puntualidad europea, el padre Enrique lo esperó y recogió de la avenida Montes, como hacía con todos los niños que llegaban a La Paz en autobús. Inmediatamente lo transportó a las instalaciones del colegio que se encontraban en Aranjuez de la pituca zona sur paceña.

Tras instalarse, recorrió hechizado, como la mayoría de los recién llegados, las instalaciones del colegio que tenía forma de L. Admiró, en la planta baja, los cursos, el comedor, la cocina, un salón de eventos y los baños. En la segunda planta, pasó por la habitación del padre Enrique y caminó por los dormitorios de los estudiantes que habían diseñado en cubículos con cuatro catres y armarios. David Mur, de la promoción 1970, recuerda que el padre Enrique los vigilaba durante las noches desde una ventanilla estratégicamente ubicada en su dormitorio, los alumbraba con una poderosa linterna de minero o, después de apagar las luces, paseaba entre los cubículos.

Grandes ventanales y vitrales adornaban los ambientes y todo estaba pulcramente dispuesto. Fox recuerda: “Para mí siempre fue una maravilla; sí, era hermoso y grande, con las montañas aquí [señala el horizonte y su frente con los brazos], aquisito”. Comprendió que había llegado allí para solo estudiar y nada más que aprender.

David Mur y Gualberto Cupé, ambos del grupo que llegó a Aranjuez en 1964, es decir, de la promoción 1970, coinciden en que el colegio ocupaba las faldas de un cerro, que era un terreno inestable y que algunas veces caían rocas. “Caían piedras cerca de los ambientes, era peligroso”, manifiesta Cupé. El padre Enrique había instalado un protector metálico; pero era insuficiente. Se percató que era vivir allí era riesgoso. Fox narra: “El lugar tenía un problema, llovía, hacía viento y caían rocas de este tamaño [abre sus brazos] de la montaña, no estoy exagerando, oye, y nosotros desde los cursos veíamos como caían. Un día de esos, una de esas bolas podía saltar, como que, evidentemente, un día, nosotros vamos a la cancha de fútbol, que era pequeñita, había una bola así [hace señas con las manos] que había hecho un huecango en la cancha”. Fue un suceso mayúsculo.

Recuerda que el padre Enrique se reunió con los estudiantes de las generaciones 64 y los de la 65 -a la que Fox pertenecía- y anunció: “El próximo año vamos a seguir; pero nos vamos a ir a Cochabamba, estoy haciendo ya todos los trámites para que nos vayamos…”. Fox afirma: “Éramos ya dos cursos, el curso del Fanor y mi curso”. Se refiere a Fanor Nava Santiesteban, quien durante la “crisis financiera” del Juan XXIII durante los años 2018, 2019 y 2020 promovió el aporte de recursos para el colegio, impulsó la organización de la asociación de exalumnos y fue su presidente.

El destino estaba marcado, Villa Granado los esperaba. Los esposos Rafael Gumucio y Alicia Gutiérrez habían donado dos hectáreas en el fundo Coña Coña con el único objetivo que esos terrenos “sirvan para la educación de los niños bolivianos” que el colegio Juan XXIII seleccionaba en todo el país.

Villa Granado

En 1966, los estudiantes de tres cursos llegaron a Cochabamba, el colegio se encontraba en plena construcción en Villa Granado. El padre enrique edificaba con donaciones de sus parroquias de Bélgica un gran bloque con forma de L que incluía un pequeño sector para oficinas y la enfermería, otro para la biblioteca y la lavandería, dos comedores en el vértice, la cocina detrás de estos, los baños frente a ellos y tres aulas en la planta baja de la segunda recta, en cuyo segundo piso se encontraban dos dormitorios para los estudiantes, los separaba una pequeña habitación que ocuparía el director.

No había barda, cualquiera podía entrar y salir, por lo que el padre Enrique estableció un rígido sistema de vigilancia. Fox asegura que los edificios eran de excelente calidad. “Mira como sigue la construcción, estos pasillos, con cuadros rojos y amarillos, por ejemplo, son de esos años”, asegura 55 años después mientras ingresábamos a las oficinas de Fe y Alegría. Huíamos de los mosquitos que nos atacaron mientras charlábamos entre los árboles del jardín ubicado antes de la otrora pecera.

Hasta 1971, se había convertido en un lector compulsivo. “Leía todo lo que caía en mis manos”, admite, “desde Julio Verne, Emilio Salgari, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Ernesto Sabato y Pablo Neruda hasta Hermann Hesse, Friedrich Nietzsche, William Shakespeare y Homero”. Narra que durante una época leía un libro por día, para lo cual incluso utilizaba el horario de las comidas y de las clases. Su condición de bibliotecario, junto con Nelson Ferrufino, ayudaba. Lo impulsaban los exigentes profesores del Juan XXIII. Acepta que tres eran sus favoritos: el joven y carismático Álvaro Padilla Omiste de Química, el consagrado Luis Huáscar “Cachín” Antezana Juárez de Literatura y el poeta belga Yves Froment.

Por aquellos años, en el Juan XXIII cochabambino, lo bautizaron como Fox, el apelativo con el que sería conocido por todas las generaciones de juanchos. Narra que “el sacerdote Abel Ceulemans no podía pronunciar Faustino y decía Foxtino, de ahí vino el apodo”. Precisamente con este nombre comandó una rebelión de estudiantes a mediados de 1971, cuando los jóvenes tomaron literalmente las instalaciones del colegio, expulsaron a algunos profesores que pretendían reformar la esencia del Juan XXIII y enviaron un telegrama al padre Enrique, quien se encontraba en Bélgica atendiendo a sus parroquias por disposición de sus superiores. Le pidieron que retorne inmediatamente a Bolivia. Al año siguiente, 1972, dos jesuitas, Pedro Basiana Cornet y su asistente Alfonso Pedrajas Moreno, asumieron la dirección del internado. Esa es otra historia.

Vivienda ideal

Durante el año 1977, prácticamente desde después de obtener el bachillerato en 1971, Fox trabajaba en el colegio Juan XXIII y vivía en la final Sucre esquina avenida Belzu, detrás de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS) con René Jiménez, uno de sus compañeros de curso del Juan XXIII, quien era conocido entre los juanchos y los estudiantes de San Simón como el Tigre Jiménez y con quien compartía militancia política. Fox afirma que, durante aquel año, cursaba el tercer o cuarto semestre de la carrera de Medicina.

Aquel tiempo, Fox, ya militante del Frente Obrero del MIR, buscaba una vivienda. Hasta entonces había convivido con otros juanchos, inicialmente en el segundo piso de un edificio ubicado en la avenida Armando Méndez esquina avenida Oquendo y, después, en la calle Colombia cerca del parque Carlos de la Torre. La primera era la casa de un juez que apellidaba Villegas, cuyo hijo universitario de la Facultad de Tecnología, Jaime Villegas, fue condiscípulo del juancho Gonzalo Alfaro Denus, quien asegura que compartieron vivienda durante por lo menos tres años, además de Fox y él: René Jiménez, Fernando Watanabe, Lorenzo Calderón, Samir Makaren, Arturo Choqueticlla, José Soruco y Alfredo Moreno. Vivían con el estilo de los primeros cristianos y las normas de convivencia que habían aprendido en el Juan XXIII de Enrique Coenraest.

Para invisibilizar sus actividades políticas frente a sus compañeros, había decidido trasladarse, por lo que visitó a la familia Villegas y solicitó una habitación.

-¿Qué estás haciendo aquí?

-Estoy buscando un cuartito para alquilar. ¿No tiene aquí?

-No, pero tenemos un lote en la Sucre y Belzu, hay dos cuartitos, no hay baño, no hay alcantarillado, pero hay dos cuartitos que están bien.

-Yo le haré poner, pues, un bañito y le haré poner alcantarillado a cuenta del alquiler.

-Ya.

-Entonces, yo me voy a vivir allí.

Así accedió a la vivienda ideal para sus actividades de resistencia a la dictadura. Se trasladó, instaló el alcantarillado, construyó un baño con ducha y una lavandería. Coordinó con René Jiménez para compartir los ambientes y “pagar a medias”. Desde allí, en una moto Honda que había comprado de un sacerdote del colegio Loyola, iba y retornaba del Juan XXIII donde daba clases de Biología e Historia de Bolivia y de la Facultad de Medicina. “Ahí era muy activo en el MIR, en las células obreras del MIR”, reconoce.

Células obreras

Fox se enroló en el MIR durante su primer año de estudiante de Medicina en San Simón, es decir, después de 1971 cuando logra el bachillerato. Evoca aquel tiempo: “Fui contactado por varios compañeros de cursos superiores que militaban en diferentes partidos. Recuerdo el PCB, el PCML, el POR, FSB y el MIR. Finalmente decidí por el MIR, creo que por su proximidad ideológica con lo que en ese momento estaba muy en boga, que era la Teología de la Liberación”. Su decisión coincide con la presencia, a partir de 1972, de los jesuitas Pedro Basiana Cornet y Alfonso Pedrajas Moreno en el Juan XXIII. El padre Enrique había firmado un contrato con Fe y Alegría, una institución de la Compañía de Jesús, para que administre el colegio pues él debía retornar a Bélgica. Designaron a Basiana Cornet como director del Juan XXIII y a Pedrajas Moreno como su colaborador inmediato. Ambos asumieron el desafío con la herencia que el fracaso de Teoponte había labrado en sus almas.

Existe suficiente evidencia para afirmar que ambos jesuitas alentaron a algunos muchachos a formar parte de la columna guerrillera del Ejército de Liberación Nacional que las Fuerzas Armadas aniquilaron en Teoponte en 1970. El periodista Andrés Rojas de La Razón, tras una entrevista con Alfonso Pedrajas Moreno, en un reportaje publicado el 25 de marzo de 2009 por la revista Escape, escribe: “A su retorno, [Alfonso Pedrajas] comienza a trabajar simultáneamente en tres colegios paceños: en los dos San Calixto, diurno y nocturno, y en otro establecimiento de Fe y Alegría en la zona de Pura Pura. En aquel barrio paceño comparte una modesta vivienda con Pedro Basiana, sacerdote jesuita conocido por sus ideas, para aquella época adelantadas, de lo que más tarde se conocería en la región como Teología de la Liberación. La casita de Pura Pura no es sólo el espacio del voto de pobreza de Pica, sino también el lugar donde en 1969 [sic] el seminarista Néstor Paz Zamora se despediría de Pedrajas y Basiana la noche antes de partir hacia la guerrilla de Teoponte, comulgando en una improvisada misa”.

Con ese contexto, pregunté a Fox: ¿Cómo te involucras con las células obreras del MIR? ¿Tú no trabajabas en una fábrica? Respondió: “El MIR no tenía obreros, pero había que hacer una especie de entrismo y utilizaba lo que tenía, que era estudiantes universitarios”. Aclaró que una vez que el MIR aceptaba militantes escuchaba sus preferencias y les asignaba tareas, así se explica que hayan organizado no solo el Frente Obrero, si no el universitario, el minero e, incluso, el campesino. Fox optó por el Frente Obrero. “¿Qué iba a hacer yo con los universitarios?, se justifica. Los del Frente Obrero, explica Fox, “hacíamos una compartición extrema”, tanto que en la universidad los propios miristas desconocían sus actividades. “Hasta ahora tengo amigos [de San Simón] que me dicen: ‘¡Carajo!, ¡eres un pendejo!, tú te hacías aquí el santo y habías estado con eso’”, relata y sonríe.

Su célula ofrecía charlas a los obreros de la fábrica Manaco sobre materialismo histórico. Manifiesta Fox: “Nosotros íbamos a las puertas de la Manaco, teníamos alguna gente de la Flex también, pero trabajábamos en la Manaco y ahí repartíamos unos papelitos que decían: ‘¿Usted quiere formarse socialmente?, ¿formarse políticamente?, ofrecemos cursos gratuitos de noche, después de las horas de trabajo, sobre socialismo’”. Utilizaban el manual Los conceptos elementales del materialismo histórico de la intelectual chilena Marta Harnecker.

Su labor “entrista” suponía establecer relaciones amistosas con los trabajadores y adaptarse a sus costumbres. “Casi siempre, nos invitaban: ‘¿Ya has terminado tus clases?, nos tomaremos, pues, un traguito, una chichita…’ No había problema, ibas no más”, manifiesta. Fueron reuniones de confraternidad escrupulosamente ejecutadas. “Ellos eran muy cuidadosos, sabían de los riesgos que todos corríamos, muy rápidamente se daban cuenta”, añade Fox. Hasta ahora, se niega a revelar los nombres de los obreros que contactaban. “Eran varios, no eran cientos, eran diez probablemente, [trabajábamos] poco a poco”, se limita a decir.


Familia del líder

Fox asegura que, en aquel tiempo, la esposa española de Jaime Paz Zamora, Carmen Pereira Carballo, y sus dos hijos, Rodrigo y Jaime, de 9 y 7 años respectivamente, se escondieron durante unos días en su vivienda de la calle final Sucre esquina Belzu. Rememora: “Estaban en una situación de emergencia, perseguidos en Cochabamba. Entonces, me llaman, no me acuerdo quién y me dicen: ‘Faustino, tienes que ayudar a esconderlos’ y yo, como bruto, en ese momento el cuarto del René estaba vacío, les digo: ‘Aquí yo tengo un cuarto, aquí quién va sospechar’. Entonces los llevan allí y se quedaron más o menos una semana. […] Estuvieron ahí como una semana, yo creo, entre cinco y siete días han debido estar y, después, un día, desaparecieron, se los llevaron…”. Fox considera que trasladaron a la familia de Jaime Paz Zamora porque allí funcionaba la imprenta del MIR en Cochabamba, aunque simplemente se trataba de un mimeógrafo portátil. Existía un alto riesgo para la familia de uno de los líderes del MIR.

Sobre su labor de impresor y propagandista de la resistencia, Fox evoca: “Era una imprenta, una copiadora de esténciles. Además, tenía todo tipo de material, cartas, correspondencia confidencial, porque era el encargado de prensa. De noche, a veces, íbamos a repartir papelería por el cerro San Pedro, por Valle Hermoso, por no sé dónde…, íbamos en una situación atroz, con peligro de muerte porque…, distribuir papelitos silenciosamente implicaba riesgos…, [sonríe], éramos pues jóvenes y creíamos en todo lo que se hacía”. Desarrollaban sus actividades en equipos pequeños, hasta ahora, 44 años después, Fox se niega a revelar los nombres de sus compañeros de célula. Explica su posición: “Como en ese entonces todos utilizábamos ‘un nombre de guerra’ y estábamos absolutamente compartimentados, no sabía y no debía saber el verdadero nombre de ellos por razones de seguridad. Posteriormente, me encontré con varios de ellos ya con sus verdaderos nombres. Aun hoy, no me parece oportuno decir quiénes son”.

Juan cae

Ejecutaba algunas tareas absolutamente solo, con la más estricta reserva, por ejemplo, la de correo pues recibía y distribuía información. “Yo recogía de la flota El Dorado, con un nombre falso y un carnet falso, recogía lo que enviaban de la imprenta nacional que básicamente era propaganda y, entre otros, la revistita que sacaba el MIR, Bolivia Libre. Me hacían llegar mensajes de que había llegado una encomienda por medio de señas en un muro, yo sabía leer bien las señas. Yo iba a la flota, sacaba mi carnet, ya no me acuerdo qué me llamaba, mostraba mi carnet y entonces me entregaban; yo firmaba como tal persona, me llevaba el paquete y después me encargaba de la distribución”, revela.

Le pregunté si tenía algún nombre de combate en el Frente Obrero del MIR, me respondió: “Sí, Juan”, seguramente por Juan XXIII. Presumo que el nombre de la cédula de identidad falsa que utilizaba para recoger encomiendas incluía el sustantivo “Juan”.

Durante estas diligencias, por las publicaciones de Los Tiempos, pues Fox no recuerda la fecha exacta, deduzco que el sábado 26 de marzo de 1977 los paramilitares de la dictadura banzerista lo capturaron en las oficinas de flota El Dorado de la popular avenida Aroma, que en aquel tiempo hacía las veces de terminal de autobuses. Describe la escena con aflicción: “Un día, voy a la flota. Me entregan el paquete y dos tipos armados me dicen: ‘¡Me acompaña, por favor!’. Estaban amenazándome con armas; yo, totalmente desarmado y con la evidencia del delito, estaba calladito”. Habían preparado milimétricamente su captura.

Los miembros de la seguridad de Carmen Pereira Carballo y sus dos hijos, sin proponérselo, habían revelado la ubicación de uno de los mensajeros de la Dirección Nacional clandestina del MIR y de la imprenta.

La Prefectura

Lo condujeron a las celdas de la Prefectura. Allí lo torturaron sin misericordia durante horas. “Empiezan a pegarme para que diga nombres y no sé qué más. Me desmayé no sé cuántas veces y resulta que nada… por el compartimento no tenía gran cosa que decir”, narra. A media noche, el prefecto de Cochabamba, Milivoy Eterovich Matenda, lo visitó y lo encontró completamente desnudo, apaleado y ensangrentado. Fox cuenta que, con un hálito repentino de lucidez, escuchó recomendar a Eterovich Matenda: “Tengan cuidado”. Unos días después, lo llevaron a La Paz en un vuelo regular del Lloyd Aéreo Boliviano.

Una nota de la portada de Los Tiempos del viernes 1 de abril de 1977 titulada Confirmaron detención de 12 miembros del MIR, da cuenta que el ministro del Interior, Juan Pereda Asbún, entregó la nómina de los detenidos. Dos correspondían a Cochabamba, Fox y Ricardo Gumucio Stambuck. Sobre Fox, el relato reproduce una descripción oficial: “Faustino Torrico Torrico, Choco, responsable y encargado de agitación y reclutamiento en la universidad regional. Contacto correo a nivel nacional. Se le incautó la imprenta nacional del MIR”.

La misma edición de Los Tiempos, en la página 7, informa que el Centro de Estudiantes de Medicina de la UMSS denunció la detención de Faustino Torrico, exigió su libertad inmediata y amenazó con medidas de presión. Cincuenta universitarios firman un “voto resolutivo”. Su detención marcó un hito trágico de su militancia mirista de aproximadamente cinco años hasta aquel momento.

Celdas del DOP

El miércoles 30 de marzo de 1977, después de cuatro días de inmisericorde tortura en las celdas de la Prefectura, los agentes del Departamento de Orden Político (DOP) trasladaron a Fox a La Paz en un vuelo regular del Lloyd Aéreo Boliviano. Una nota del periódico Los Tiempos del 1 de abril de 1977 informa: “Dos universitarios detenidos fueron trasladados a La Paz por la tarde del miércoles… El Prefecto del Departamento, Milivoy Eterovic Matenda, […] confirmó […] el traslado de dos detenidos a la sede de gobierno a fin de ‘evaluar sus declaraciones en el Ministerio del Interior’”. El otro universitario era Ricardo Gumucio Stambuck, un estudiante de la Facultad de Agronomía, a quien capturaron la madrugada del sábado 26 de marzo y por quien sus familiares y sus compañeros reclamaron inmediatamente, organizaron declaraciones de prensa y paros de protesta “como principio de solidaridad entre la familia universitaria” de San Simón.

Fox recuerda: “He llegado a La Paz con dos tiras, tres asientos había en el avión, al centro estaba yo y los dos tiras, uno a cada lado, tiras les llamábamos [a los paramilitares]. Hemos llegado a La Paz y en el aeropuerto no había comité de recepción. Hemos esperado como tres horas. ¡Qué ganas tenía de distraer a esos pelotudos y escapar!, pero no conocía bien el lugar…, aunque hubiera sabido, no tenía un centavo, estaba todo zaparrastroso, ensangrentado…”. Durante este tiempo, asumía su intrincado futuro.

Al anochecer, una comitiva de agentes lo trasladó a las celdas del DOP, en la céntrica calle Comercio de La Paz, a media cuadra de la plaza Murillo, nada menos que en la parte trasera del Palacio Legislativo. En aquellas dependencias, había tres calabozos individuales, él ocupaba el más relativamente espacioso, de dos metros por tres. Allí, como Papillón en su mazmorra de la Guyana francesa, Fox permaneció 87 días incomunicado, desde el 30 a marzo hasta el 25 de junio de 1977. Marcaba una rayita en la pared por cada día de encierro para no perder la noción del tiempo. Desconocía lo que ocurría en el mundo exterior.


Soledad y tortura

“Todo el tiempo que he estado preso ahí he estado solo. Bueno, solo es mucho decir porque de vez en cuando venían tiras hechos los buenitos a tratar de sacarme información”, relata y agrega: “De improviso metían allí, a empellones, a alguien en mi cuarto. Yo sabía que ahí había un peligro terrible porque podían ser tiras que venían a sacarme información, gente que se hacía a la muy gentil. Me decían: ‘Hermanito, en qué te puedo ayudar, yo no me voy a quedar mucho tiempo aquí, por suerte me van a sacar’, incluso otros venían y reconocían su condición de paramilitares: ‘Estoy castigado, yo soy tira y me han castigado aquí por 48 horas o 72 horas’ para ver que le decía en ese tiempo. La cuestión es que, por suerte, nunca dije nada y no tenía mucho que decir tampoco”. Explica que la estricta compartimentación entre las células miristas del Frente Obrero impedía un mayor conocimiento de las actividades clandestinas de su partido.

Narra que todos los días, a eso de las doce del mediodía, ponían música a todo volumen y que cada dos o tres días, comandados por un tal Benavidez, se refiere al excomisario de la Policía Guido Benavides Alvizuri, lo trasladaban desde su calabozo hasta un piso superior y lo golpeaban y apaleaban ferozmente sin que sus alaridos les conmuevan. Recuerda: “Me empezaban a apalear y, claro, yo gritaba, pues, por supuesto, no me iba a quedar callado [sonríe para disimular su amargura]. La música era para apagar los gritos. Y me decían: ‘¿Dónde está el Jaime Paz? ¿Dónde está este…? ¿Dónde está este otro…?’ Nombraban a todos… [los dirigentes de la cúpula mirista]”. El interrogatorio también aludía a los artefactos que encontraron el día de su detención. “¡Carajo!, tú tenías la imprenta, ¿quién te dio esas armas?, me increpaban, porque yo, entre las muchas cosas que tenía [en su habitación de la calle Sucre y Belzu en Cochabamba], tenía dos granadas de guerra, no sé si eran para hacerlas explotar, porque yo las miraba de lejos y con susto no más, pero había dos granadas”, cuenta Fox.

Afirma que se presentó al cuartel, pero que lo declararon “inhábil” por la miopía que lo aquejaba desde niño. No recibió instrucción militar de parte del Estado, pero es probable que lo haya hecho en las células del Frente Obrero del MIR, que se manejaban con los códigos de inteligencia, contrainteligencia y seguridad transferidos por los sobrevivientes del Ejército de Liberación Nacional que fracasó en Teoponte, como Antonio Araníbar Quiroga deja entrever en su testimonio La política como opción de vida publicado por Heterodoxia en febrero de 2021.

Cierto día, temporalmente lo reubicaron en una mini celda de medio metro por medio metro, al lado de los baños, donde apenas podía sentarse, aunque podía escuchar algunos diálogos entre los cautivos. “No podía ni recostarme, allí estuve un tiempo, después me volvieron a llevar al cuarto anterior…, pero escuchabas todas las charlas, porque a los presos, menos a mí, los sacaban a pasear y les daban, creo, media hora para que estén en el patio”, rememora.

Alguna vez, alguien se atrevió a tocar su puerta:

-¿Quién está aquí?

-Yo, soy Faustino Torrico.

-¿De qué partido?

-Del MIR.

-¡Ah!, del MIR. Toma unos cigarrillos.

Fox admite que no ocultaba su militancia mirista “porque todos los presos ya lo sabían”. En tales circunstancias, los detenidos políticos “muy solidarios, hacían lo que podían sin arriesgarse”. Recuerda: “Varias veces cigarritos me han pasado, comida no me acuerdo, tampoco era mala la comida que nos daban o sería el hambre que me hacía comer cualquier cosa…, era arroz con alguna cosa, a mí me parecía bien”. Así soportó estoicamente una de las peores experiencias de su joven vida, había cumplido 24 años.

Liberación y exilio

Un día de junio de 1977, cuando la presión popular arrinconaba a la dictadura banzerista, después de 87 días en el calabozo, uno de los carceleros le anunció y amenazó: “Vas a tener visitas, ¡carajo!, la prensa te va a entrevistar, cualquier cosa que digas que te hemos hecho nosotros, te matamos”. Durante su breve encuentro con los periodistas le preguntaron: “¿Por qué está usted aquí?” Fox respondió que lo capturaron y encerraron por era militante del MIR. Los reporteros replicaron: “¿Cómo lo tratan?” Se quedó en silencio durante algunos segundos y después declaró: “Bueno, como tratan a todos los presos, así me tratan”. Aunque habían mejorado su aspecto para la entrevista, lucía flaco, mal vestido y mugroso. Ahora, Fox asegura que para él este acto fue “un gran alivio porque su retención ya era pública y porque ya sabían dónde estaba preso”. Los jesuitas del colegio Juan XXIII y los de la residencia de la Genaro Sanjinés en La Paz se movilizaron por él.

Unos días después, un guardia le avisó: “Vas a recibir una visita”. Sabía que eran entrevistas brevísimas. Se aproximó a su celda el sacerdote jesuita Gabriel Codina Mir, le manifestó: “Estamos viendo la posibilidad de sacarte, hay dos lugares que pueden recibirte: Bélgica y Suecia; en Bélgica hemos tomado ya contacto con el padre Enrique. Tú eliges porque a los dos países puedes ir, pueden recibirte”. Sin dudar ni un solo instante, Fox respondió: “A Bélgica”, porque en aquel país, me explicó después, tenía a al padre Enrique, su director y educador durante sus años maravillosos en el Juan XXIII.

Una mañana, un par de guardias lo condujo a las oficinas de Identificación Personal de la Policía. Lo sacaron enmanillado de las celdas del DOP, caminaron media cuadra por la calle comercio hasta la esquina del Palacio Quemado, cruzaron la plaza Murillo, llegaron a la entrada de la Cancillería entre las calles Ingavi y Junín y subieron media cuadra. Allí con la chompita que portaba desde el 26 de marzo, cuando lo capturaron, lo fotografiaron y le entregaron un carnet de identidad. Más tarde, aquel mismo día, lo visitó un oficial de la Policía y le manifestó: “Mañana te van a recoger, mañana te vas”. Así fue.

Al día siguiente, Fox viajó a Bruselas vía Lima. Relata: “Me han llevado directamente al aeropuerto con dos guardias, no sé si eran más; en el aeropuerto me han entregado un salvoconducto”. Allí se reunió brevemente con Codina MIR, otro jesuita y tres estudiantes del Juan XXIII que habían viajado desde Cochabamba para despedirlo: Íver Cortez Alanis, Rolando Olguín Maldonado (ambos de la promoción San Qulost-1977) y Nepthalí Sierraalta (promoción Paqarin-1978), quien narra: “Viajamos en flota y nos alojamos en el San Calixto. Nos subieron al aeropuerto. Uno de ellos [de los jesuitas] le regaló su reloj a Fox, a quien custodiaban un par de policías. No pudimos charlar, solo lo abrazamos y nos despedimos”. Fox asegura que solo recuerda imágenes difusas de sus interlocutores. Explica: “Sin lentes tampoco veía gran cosa, era bastante miope”. En uno de los restaurantes del aeropuerto Fox, Gabriel Codina Mir y su ayudante jesuita, los tres muchachos y los dos custodios vestidos de civil compartieron en silencio un café. Al verlo desabrigado y sin enseres personales, el jovial Codina Mir, forzando una sonrisa para distender el ambiente, le entregó una maletita con ropa, se sacó su reloj y lo obsequió a Fox ante la sorpresa de los mastines de la dictadura.

Aeropuerto de Lima

Faustino llegó maltrecho y estresado al aeropuerto Jorge Chávez de Lima. Llevaba solamente una maletita que los jesuitas habían preparado con ropa y un ejemplar del periódico Presencia de aquel día que acomodó en uno de los bolsillos externos de la valija. Afirma que en su mente rondaban pensamientos trágicos: “Si me están sacando, es que me van a matar”. Había estudiado con los activistas de las células del Frente Obrero que los operadores del Plan Cóndor desviaban pasajeros que viajaban de un país a otro y los enviaban a otro destino, donde los daban de baja.

En las salas de la zona internacional del Jorge Chávez debía permanecer seis horas antes de seguir hacia Europa. Fue un trasbordo complicado. De un momento a otro, cuando estaba sentado en un rincón, calladito, sin lentes y sin ver de frente a nadie porque había planificado evitar que lo reconozcan, un extraño se acercó y conversó con él.

-Préstame tu periódico.

-Sí, puedes sacarlo.

-¿De dónde vienes?

-Yo vengo de Bolivia.

-¿Cómo de Bolivia? ¿De qué parte de Bolivia?

-De Cochabamba.

-¿Y dónde estás yendo?

-Estoy viajando a Bélgica.

-¿A qué?

-A estudiar.

Su interlocutor sonrió porque Fox no tenía traza de estudiante. El diálogo prosiguió.

-¿A estudiar? ¿No te están expulsando de Bolivia? ¿No eres exiliado político?

Fox creyó que algún agente del Plan Cóndor lo había atrapado. Se repuso y replicó:

-Bueno, algún problema he tenido.

-¿Sabes?, yo soy Oscar Eid. Tenemos información de que están sacando a un boliviano.

Aunque Fox lo conocía porque había participado en algunas reuniones con él, no lo había reconocido. En el inmenso salón, no miraba a nadie, mantenía la cabeza gacha y ni su interlocutor sabía quién era. Eid continuó:

-Yo, pues, tengo entrada aquí, a zona internacional por algunos amigos y, como sabía que va estar en tránsito un boliviano del que no tenemos su nombre, estoy buscándolo.

-Soy yo, soy yo el que estás buscando.

-¡Ah!, no te preocupes, voy a informar inmediatamente a Bélgica que tú estás viajando para que allá te apoyen.

-¡Ya!, gracias, gracias, chao.

Eid y otra persona, a la que tiempo después identificó, se marcharon rápidamente. Fox recuperó el aliento, esperó que lo convocaran para abordar y, cuando su nave decoló hacia Europa, recién sintió una pizca de paz interior. Enrique Coenraest lo esperaba en el aeropuerto de Saventem en Bruselas.


Barrón en Leuven

Tras llegar desde Lima al aeropuerto de Saventem en Bruselas, el padre Enrique lo acomodó en la casa de Paul Dewulf en Hoegaarden, un municipio de Lovaina. Un tiempo después, una de las hijas de la familia Dewulf, Anne Francoise, conocida cariñosamente como Nanou, se integró a la comunidad del Juan XXIII en las postrimerías de los años 70 y el nacimiento de los 80, cuando -en 1978- el primer grupo de chicas llegó al internado. Más adelante, Nanou se casó con Jaime Bejerano Martínez de la promoción Bolches 1980, quien falleció en septiembre recién pasado.

Cuando Fox trabajaba en el jardín, como una forma de pasar el tiempo y retribuir las atenciones de sus anfitriones, recibió una llamada. Era “un hermano, un compañero mirista”, de quien hasta ahora guarda su identidad. Le dijo: “Sabemos que llegas desde Lima, nos han mandado mensajes de que tú estarías viajando hace unos días. Ahora te estamos ubicando. Nosotros en unos días tenemos una reunión de la célula del MIR, te voy a dar la dirección. Tienes que venir a tal hora, será en Leuven, en Lovaina La Vieja”. Emocionado aceptó la invitación e inició su integración a la célula mirista de Bélgica. “Si no asistía, iba a estar ahí totalmente aislado”, justifica Fox.

Los Dewulf le explicaron en inglés, una lengua que había aprendido en el Juan XXIII, cómo llegar desde Hoegaarden a Lovaina La Vieja. Le mostraron un plano: “Te vas a salir por aquí, ahí está la autoruta. Vamos a hacer un cartel que diga Leuven y vas a mostrarlo. Como hablas inglés, no hay problema, vas a llegar”. Le dieron un mapa de Lovaina La Vieja y algunos francos belgas para que tome un taxi y llegue a su destino. Entonces sucedió una coincidencia.

Cuando en plena carretera mostraba su letrero extendiendo los brazos, se detuvo un automóvil viejo tocando bocina. Fox solicito en francés: “A Leuven, por favor”. El conductor le respondió en inglés: “¡Ah!, hacia Leuven, suba”. Compartió la parte posterior del coche con un joven, en el asiento del copiloto había una mujer. Desde adelante le preguntaron en inglés y terminaron hablando en castellano:

-Tú eres latino, ¿no es cierto?

-Yes, yes, yes.

-¿De dónde eres?

-De Bolivia.

-Nosotros también somos bolivianos…

Era Gonzalo Barrón Rondón, su esposa y otro compañero mirista. Los tres iban a la reunión en Lovaina La Vieja a la que habían convocado a Fox. A partir de entonces, se integró a la célula, se reunían cada 15 días, visitaban el centro de documentación SAGO especializado en Bolivia de la ciudad de Amberes para actualizarse y trabajaron en labores de planificación y coordinación hasta que ambos, por separado, retornaron al país.

Los paramilitares de García Meza asesinaron a Barrón Rondón en la calle Harrington de La Paz el 15 de enero de 1981, cuando se reunía con sus compañeros de la Dirección Nacional Clandestina del MIR. La dictadura garciamezista asesinó a los dirigentes miristas: Artemio Camargo, José Reyes, Ricardo Navarro, Ramiro Velasco, Arcil Menacho, Jorge Baldivieso, José Luis Suárez y Gonzalo Barrón. La única sobreviviente fue Gloria Ardaya. Sobre ellos, Guido Áñez, narra: “Ellos eran la dirección nacional clandestina del MIR, la que luego de reflexiones colectivas, discusiones políticas, llegaban a acuerdos para que todos los militantes en las nueve regionales pudieran implementarlas para continuar con la resistencia a la dictadura”, en el comentario A 40 años de la masacre de la calle Harrington que El Deber publicó el 13 de enero de 2021.


Retorno a Cochabamba

Fox retornó a Cochabamba desde Hoegaarden en marzo de 1978. Dos meses antes, el 17 de enero de aquel año, una huelga de hambre de mujeres mineras, iniciada el 28 de diciembre 1977, había arrancado de la dictadura de Hugo Banzer Suárez la amnistía general e irrestricta y el retorno de la libertad sindical. Estas dos victorias populares modificaron profundamente el escenario social y político del país en vísperas de las elecciones previstas para el domingo 9 de julio de 1978 que Juan Pereda Asbún ganaría indecentemente, fraude de por medio. Ya en Bolivia, se propuso trabajar sin perder tiempo ni escatimar esfuerzo. Hacía propaganda y capacitaba a cuadros de las células obreras miristas. Como antes de su exilio, concentraba su energía en la fábrica Manaco de Quillacollo.

El miércoles 21 de diciembre de 1977, presionado por las protestas civiles, el gobierno de facto de Banzer Suárez, había decretado una amnistía política parcial. Un comunicado del Ministerio del Interior, Migración y Justicia incluía una lista de 33 detenidos que serían liberados, de 19 que pasarían a la justicia ordinaria y de 348 exiliados que tenían prohibido retornar al país. Fox era el número 316 de la nómina de proscritos publicada por el periódico católico Presencia el jueves 22 de diciembre. Por esta razón, sin vacilaciones, decidió también organizar y participar junto a sus compañeros de la célula mirista en Bélgica de una huelga de hambre. Emularon a las mujeres mineras que en La Paz asfixiaban a la dictadura y aprovechaban la cobertura de los medios europeos.

Fox relata: “Nosotros también haremos, pues, huelga; están peleando por nosotros. Nos metimos con un grupo a un templo, ahí estaba Carlos Quiroga Blanco y varios conocidos muy relacionados con la iglesia”. Se mantuvieron algunos días hasta que Banzer Suárez declaró la amnistía general e irrestricta. La presión internacional era intensa porque el MIR había organizado similar acción en todas las ciudades europeas donde mantenía células.

Entonces decidió retornar. “Yo no estaba a gusto, ni bien salió la amnistía, yo empecé a hacer mis trámites de retorno”, cuenta. Sufría en Hoegaarden, pese al cariño y a todas las atenciones de la familia Dewulf. “Yo nunca estuve bien, mi único propósito era retornar a Bolivia, mi único propósito de la vida…”, asegura con convicción. Calcula que residió alrededor de nueve meses en Hoegaarden. Había llegado a fines de junio de 1977. Apenas pisó territorio boliviano, se reincorporó a sus labores en el Frente Obrero del MIR.

Tres años después, el 21 de abril de 1981, ya durante la dictadura de Luis García Meza, protagonizaría una de las fugas más espectaculares de las garras de los paramilitares, cuando estos lo acorralaron en el colegio Juan XXIII y su familia juancha (estudiantes, profesores, educadores, exalumnos y sacerdotes jesuitas) lo ayudó a escapar y salvarse. Juan vive.


[i] Historia de Juan es la versión extendida de la crónica Vida, pasión y exilio de un mensajero del MIR clandestino que publiqué en la revista Rascacielos (https://www.paginasiete.bo/rascacielos/2021/8/26/vida-pasion-exilio-de-un-mensajero-del-mir-clandestino-306175.html) el jueves 26 de agosto de 2021.