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José Rafael Gumucio Irigoyen, el benefactor del Juan XXIII

 José Rafael Gumucio Irigoyen, el benefactor del Juan XXIII

José Samir Makaren y María del Carmen Gumucio Gutiérrez.

Bel Sousek Paz Soldán observa en silencio y sorprendida cuando María del Carmen Gumucio Gutiérrez, su abuela, recibe emocionada una placa de reconocimiento póstumo que la Asociación de Exalumnos del Colegio Juan XXIII le entrega por la contribución de José Rafael Gumucio Irigoyen, su bisabuelo, a esta obra educativa. Comprende el linaje del que procede.

Cincuenta y seis años después de que las tres primeras generaciones de becados ocupen, en 1966, las modernas, sólidas y flamantes construcciones del nuevo Juan XXIII, que el sacerdote diocesano belga Enrique Coenraest Jaquellot había construido en los predios que generosamente don Rafael Gumucio (así le nombraban habitualmente) le había entregado en el vértice sudeste de sus extensas propiedades del fundo de San Vicente de Coña Coña, hoy Villa Granado, por fin, los exalumnos agradecían explícitamente la donación de este patricio cochabambino.

Aquel 17 de septiembre, a las 10:30, en el salón de actos del Juan XXIII, cuyos exalumnos celebraban su Encuentro Nacional 2022, María del Carmen recordó, cuando ofrecía unas palabras de agradecimiento, la intensa vida cívica de su papá. Karel Sousek Gumucio, su hijo, y Bel la escuchaban con similar atención a la de los exalumnos, alguno de los cuales oían por primera vez el nombre de don Rafael Gumucio, su invisible benefactor, quien “nunca fue nombrado”, explica su hijo José Ramón, “porque así lo quiso; sus actos no estaban orientados a recibir honores, si no a hacer algo por quien lo necesite”.

Familia Gumucio Gutiérrez

Origen y familia

Don Rafo, como familiarmente le llamaban sus allegados, nació a pocas cuadras de la Catedral, en la antigua calle Perú, hoy avenida Heroínas, el 16 de abril de 1911, en el seno de una familia tradicional cochabambina. José Gabriel Gumucio Ponce de León y María Irigoyen Pol, sus padres, lo educaron según los principios éticos de la iglesia católica, apostólica y romana.

El 19 de marzo de 1950, contrajo matrimonio con la dama cruceña Blanca Alicia Gutiérrez Saucedo, con quien procreó 10 hijos, de los que actualmente viven cuatro: María de los Ángeles, José Ramón, María del Carmen y Blanca María. Todos llevan, como él, un sello indeleble de la profunda fe cristiana de sus progenitores, el nombre de los papás de Jesús de Nazareth: José y María.

Estudió y obtuvo su diploma de bachiller del Colegio Nacional Sucre hacia 1929, a los 18 años. En los albores de la Guerra del Chaco se presentó voluntariamente; pero -por una afección cardiaca- lo desmovilizaron. Había cumplido 21 años. Entonces, decidió culminar sus estudios en la Universidad Mayor de San Simón, de donde egresó de la carrera de Derecho.

La edición del 30 de septiembre de 1932 de la revista “La Semana” y la del 1 de octubre del periódico “El Oriente”, ambas publicaciones cruceñas, informan que don Rafo llegó por aquellos días a Santa Cruz de la Sierra como parte de una caravana de cuatro automóviles de la Legión Cívica de Cochabamba que recorrió por primera vez la delgada y polvorienta ruta que unía apenas ambas ciudades. Participaron la señora Amalia de La Torre, las señoritas Lola Gutiérrez y Aurora Albornoz. Completaban el grupo de jóvenes aventureros Julio Guzmán, Humberto Guzmán, Napoleón Tardío, Hugo Moreno, Alberto Arce y Abdón Willis. En aquel viaje, conoció a don Plácido Molina Barbery, un noble e ilustre ciudadano cruceño, con quien cultivó una entrañable amistad por el resto de sus días.

Don Rafael Gumucio en los años 80.

Educador de cepa

Don Rafael Gumucio contribuyó, junto a Monseñor Walter Rosales Claros, quien fue su primer director, a la fundación del Colegio Arquidiocesano Pío XII, que -desde febrero del año 1959- educa a miles de adolescentes en el corazón de la zona más popular de la ciudad de aquel año: calle Punata entre 25 de Mayo y Esteban Arze. Allí, don Rafo, a quien desde siempre le apasionaban las ideas de los grandes pensadores griegos y de los clásicos europeos, enseñó con dedicación Filosofía hasta jubilarse en la década de los 80.

Ganó en 1972 un examen de competencia y administró, como docente titular, la materia de Introducción a la Filosofía en el Departamento de Humanidades de la Facultad de Ciencias Puras y Naturales en la Universidad Mayor de San Simón. En 1975, formó parte de una comisión de intelectuales y humanistas que diseñó y fundó la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, que recibió estudiantes a partir de 1976. Ejerció la cátedra hasta finales de los años 80. Docentes y estudiantes, en enero de 1993, bautizaron su Aula Magna como “Profesor Rafael Gumucio Irigoyen”.

Durante el apogeo de sus actividades académicas, afirman sus hijos, dictó clases en el Instituto Normal Superior Católico “Sedes Sapientiae” de la zona de Tupuraya y formó parte del equipo de académicos católicos que creó y organizó la regional Cochabamba de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”, que formalmente inició sus actividades el 26 de febrero de 1971 con la carrera de Filosofía del Instituto Superior de Estudios Teológicos, que durante la década de los 90 se convertiría en la Facultad de Filosofía y Teología.

Karel Sousek Gumucio, Samir Makaren, María del Carmen Gumucio y Bel Sousek Paz Soldán.

Propietario solidario

Los investigadores José Miguel Gordillo, Alberto Rivera Pizarro y Ana Eva Sulcata Guzmán, en su texto “¿Pitaq kaypi kamachiq? Las estructuras de poder en Cochabamba, 1940-2006”, publicado en octubre de 2007, consideran a Rafael Gumucio como uno de los mayores propietarios de tierras durante la década de 1940 en la provincia Cercado de Cochabamba.

Un residente uyunense, Rómulo Elio Calvo Orozco, narra en la plataforma UyuniWeb que la Cooperativa de Vivienda Quijarro Ltda., de trabajadores ferroviarios interesados en adquirir una vivienda en el valle de Cochabamba “para habitarla oportunamente luego de haber conocido el frío intenso de Uyuni”, el 24 de enero de 1969 compró, por un precio solidario, un terreno de 76.547 metros cuadrados de la propiedad de don Rafael Gumucio en la zona de San Vicente de Coña Coña. Así nació el barrio Uyuni que hoy se denomina Quijarrro.

Sus hijos piensan que por su condición de devoto católico y por su cercanía con monseñor Armando Gutiérrez Granier, don Rafo se convirtió en un benefactor permanente de la Iglesia Católica. Donó predios para la construcción del Seminario Mayor San José, de la Casa de Retiros Cardenal Clemente Maurer, de la residencia de las hermanas de Santa Clara de Coña Coña y del Colegio Particular Juan XXIII.

Momentos previos a la entrega de reconocimientos.

Obras sociales

Don Rafael Gumucio formó parte del grupo de laicos católicos que ayudó a la concreción de la Escuela de Enfermería “Elizabeth Seton” que ahora forma parte de la Universidad Católica “San Pablo”, primero, y del hospital del mismo nombre, después. La hermana Estefanía Murray, de la Congregación Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl inauguró la escuela el 6 de marzo de 1965, en su condición de fundadora y primera directora. Don Rafo, el doctor Joaquín López Suárez y don Raimundo Grigoriú, entre otros, la respaldaron desde el primer Directorio de la institución. La construcción del hospital avanzaba raudamente.

En el campo de los medios de comunicación, fue benefactor permanente y varias veces miembro del Directorio de radio “San Rafael”, una emisora católica que fue fundada el año 1960 por los sacerdotes Maryknoll y que desde 1972 depende de Arzobispado de Cochabamba.

El periodista y “cronista de la ciudad”, Manuel Rocha Monroy, en una semblanza sobre Eudoro Galindo Quiroga, asegura que este ilustre personaje cochabambino fue “cofundador del diario Los Tiempos en 1943 junto a Demetrio Canelas, Walter Galindo Quiroga y Rafael Gumucio Irigoyen”.

Como la mayoría de los padres e hijos de las familias tradicionales y adineradas de Cochabamba de aquellos años, Gumucio Irigoyen contribuía y participaba activamente de las actividades del Club Social, el Rotary Club, el Radio Club y el Automóvil Club Boliviano.

Don Rafael Gumucio en 1943, fotografía de la Prefectura de Cochabamba.

Actividad política

Durante la presidencia de Gualberto Villarroel López, el líder de Razón de Patria (Radepa), don Rafael Gumucio, con 33 años, ocupó el cargo de prefecto de Cochabamba. Sus hijos aseguran que donaba todos sus salarios a instituciones religiosas y de acción social y que renunció como consecuencia de la masacre de Chuspipata, ocurrida el 19 de noviembre de 1944, cuando agentes del gobierno asesinaron a su amigo Luis Calvo Calvimontes. “Como muestra de su repudio total”, asegura María del Carmen, “inmediatamente que supo de esto, dimitió de su cargo”. José Ramón añade que valientemente don Rafo envió su carta de dimisión al presidente Villarroel manifestándole “la razón específica de su renuncia”.

Años después, junto con José Cuadros Quiroga, Carlos Montenegro y otros jóvenes, don Rafael Gumucio formó la primera célula del Movimiento Nacionalista Revolucionario en Cochabamba. Su hija María del Carmen narra: “Se declaró simpatizante de la Reforma Agraria y la Revolución Social desde siempre, debido a su profunda fe católica y su convencimiento por la justicia social”. Fiel a sus convicciones, explica, renunció a su militancia emenerrista cuando constató “los abusos de poder y las injustas e inhumanas persecuciones y encarcelamientos perpetrados por miembros de este partido”.

En su búsqueda de justicia social, durante sus últimos años de actividad política, fue cofundador del Partido Demócrata Cristiano, una organización que propugnaba la doctrina social de la Iglesia Católica. Coordinaba sus actividades con Acción Católica Boliviana y propugnaba un “humanismo integral”. Trabajó en silencio con, entre otros, Remo Di Natale, Benjamín Miguel Harb, Luis Bustamante Pérez y Freddy Vargas Méndez.

Sus hijos cuentan que vieron y conocieron a muchos miembros de la jerarquía de la Iglesia Católica, dirigentes políticos, militares y funcionarios de varios gobiernos, cuando estos visitaban a don Rafael Gumucio en busca de consejos, sugerencias y respuestas.

Durante la eucaristía del Encuentro Nacional 2022.

Despedida multitudinaria

José Rafael Gumucio Irigoyen retornó a la Casa del Padre el 25 de enero de 1992, a los a los 81 años y nueve meses. Una multitud asistió a su funeral. Durante su velatorio, asegura María del Carmen, llamaba profundamente la atención “ver lado a lado y codo a codo” a ilustres ciudadanos, miembros del clero de la Iglesia Católica, prominentes políticos, vecinos agradecidos y campesinos de las zonas agrícolas de Coña Coña, Sarco y Condebamba.

Sus hijos recuerdan, con gran orgullo y emoción, a Monseñor Walter Rosales Claros y Gonzalo Sánchez de Lozada, entre otros notables de la época, junto a Rufino Rocha, José Bustamante Pérez y Desiderio Quinteros, los tres agricultores de Coña Coña, acompañando a la familia detrás del féretro de don Rafo desde el atrio hasta el panteón de ilustres del Cementerio General. Su hijo José Ramón reflexiona: “Esta forma de vida, sin distinguir clases ni privilegios, es la que mi papi nos inculcó”.

Así, con oraciones y flores multicolores, despidieron a una persona creyente, sensible, multifacética y extraordinaria.

Su compañera de vida y madre de sus 10 hijos, Blanca Alicia Gutiérrez Saucedo de Gumucio, fallecería 27 años después, el 25 de febrero de 2019, a los 92 años. Había nacido el 29 de mayo de 1927 en la localidad de Usuró, cantón Paurito del municipio de Santa Cruz de la Sierra. La viuda de don Rafo, pese a las súplicas de sus hijos y de sus hermanos para que resida en Santa Cruz, decidió permanecer en Cochabamba y acompañar a su esposo. Sus hijos recuerdan haberle escuchado: “Me quedaré hasta el fin de mis días donde conocí a Rafo, viví con él y fui tan, pero tan feliz”.

Sus hijos, nietos y bisnietos expresan que se sienten comprometidos con la tarea de precautelar la obra de esta pareja de católicos, pues ambos soñaban con una sociedad mejor y actuaban para construirla.

María del Carmen Gumucio agradece el reconocimiento.

Obra Juan XXIII

El Encuentro Nacional 2022 de Exalumnos del Juan XXIII del 17 de septiembre celebraba las Bodas de Plata de la Promoción Haití 1997, el último grupo que concluyó el internado en la comuna Pequeña Nueva Bolivia de Villa Granado. Sin saberlo, durante la ceremonia de entrega de reconocimientos, inmediatamente después de la eucaristía oficiada por Antonio Menacho, los exalumnos agradecían a tres generaciones de descendientes de don Rafael Gumucio, quien en 1965, hace 57 años, entregaba esos terrenos a André Enrique Coenraest Jacquelott, sin ningún papel de por medio, ofreciendo solo su palabra, para que el fundador y director del Juan XXIII construyera velozmente las nuevas instalaciones del colegio, pues los becados corrían riesgos por las rocas que caían en las canchas y los patios de las instalaciones de Aranjuez, en la zona sur de La Paz.

Cuatro años después, don Rafo registró y legalizó la donación. La Resolución Técnica Administrativa 338/97 de la Casa Municipal No. 3 de la Alcaldía de Cercado establece: “ [E]l derecho propietario del lote de terreno se halla acreditado por Testimonio de escritura pública No. 49/69 de donación gratuita de terrenos otorgada por Rafael Gumucio Irigoyen en favor del Colegio Juan XXIII, otorgada ante notario de fe pública de 1ra. clase Julio Casto Echazú en fecha 23 de abril de 1969 y registrada en DD.RR. a Fs. 897 Ptda. 1835 del libro primero de propiedad de la provincia Cercado en fecha 19 de octubre de 1971…”. Hasta la Promoción Haití 1997, los administradores del colegio cumplieron el contrato Gumucio Irigoyen-Coenraest Jacquelott y el que este firmó con la Dirección Nacional de Fe y Alegría en 1971.

Aquel 17 de septiembre, María del Carmen, acompañada por su hijo, Karel Sousek Gumucio, y de su nieta, Bel Sousek Paz Soldán, en representación de sus hermanos, María de los Ángeles, José Ramón y Blanca María, pues es la única que reside en Cochabamba, respaldó la posición inclaudicable de los exalumnos de oponerse a la venta de los predios de Villa Granado (Coña Coña) y de relanzar esta experiencia educativa para que la obra de su papá perdure. Dejó entrever que ignorar la finalidad de la donación generaría consecuencias irreparables para la educación de miles de brillantes niños bolivianos de todas las regiones del país en los que don Rafo pensó cuando decidió ofrendar, en sentido católico, una parte de su patrimonio familiar.

María del Carmen Gumucio y Francisco Sosa Grandón.


Foto reportaje

Biósfera Juan XXIII


Una imagen de Google Maps muestra las instalaciones del Colegio Juan XXIII cuya dirección actual es avenida José Manuel Villavicencio pasando la calle Chiquitano. En los inmuebles que el padre Enrique Coenraest Jacquellot construyó -con donaciones de sus parroquias de Jodoigne (Bélgica)- para el internado, ahora funcionan el Centro de Convenciones Padre Víctor Blajot y las oficinas departamentales del Movimiento de Educación Popular Fe y Alegría, ambas instituciones de la Compañía de Jesús. Detrás de la cancha de fútbol, se observa la infraestructura del Gallinero y otras edificaciones de la actual propietaria, la empresa Almanza que confecciona trajes para varones. Al frente, donde por los años 80 bullían la tienda del colegio, además de talleres de carpintería y panadería, hoy se alzan esbeltos condominios para la clase media.


La puerta principal de ingreso y el garaje del colegio en plena avenida José Manuel Villavicencio. Destacan, intrusos, los logotipos e isotipos del Centro de Convenciones Padre Víctor Blajot y de Fe y Alegría. Reemplazaron el viejo portón de fierro que, abierto o cerrado, vigilaba a algunos intrépidos juanchos que buscaban aventuras en el barrio.


La avenida José Manuel Villavicencio. Al fondo, un reforzado muro protege los jardines y edificios del colegio ante la vorágine de la modernidad del asfalto. Algunos maduros y robustos pinos emergen fieles a las mil travesuras de sus adolescentes cultivadores que los alimentaban con las aguas de la “fuente de la juventud”, cuando nacían los trabajos de utilidad común (TUC).


El muro perimetral, próximo a la esquina sudoeste del colegio, sobre la avenida José Manuel Villavicencio. Una delgada acera, cercada por aún frágiles arbolitos y césped sediento, sustituye al sendero que conducía a la tienda más cercana. Un mensaje anuncia el peligro de algo pesado: ¿Extraños pesados? ¿Extranjeros pesados?


El condominio “La Campiña” frente al colegio, la avenida José Manuel Villavicencio. En estos espacios, durante los años 80 y 90, decenas de comunarios de la Pequeña Nueva Bolivia (Penubol) ofrecían productos en la tienda del colegio, construían muebles, tallaban panes de batalla y cultivaban maíz forrajero. Cada día perseguían la quimera de la autofinanciación del Juan XXIII.


La tienda del barrio luce remozada frente a la esquina sudoeste del colegio, donde termina la avenida José Manuel Villavicencio. Los comunarios de la Penubol compraban allí pasankallas, dulces La Estrella, gaseosas Tunari y, los fines de semana, saboreaban platillos de chicharrón cuando ahorraban la cantidad de dinero suficiente.


La barda oeste del colegio permanece inmune a la invasión del asfalto. Desapareció la puerta de madera que conectaba al colegio con los sembradíos y el senderillo que bordeaba el muro. Detrás perviven los dormitorios de la Comuna y la cancha de fútbol donde destacaron, entre muchos cracks, Leo Fernández, el Maestro Cárdenas y el Ch’asca Angelo. Apena que sin asco la degraden a cabellerizas nauseabundas.


La cerca este del colegio sobre la calle Chiquitano. Al fondo, termina la actual propiedad del Juan XXIII. Los predios de la chanchera y la vaquería pertenecen ahora a los herederos de Arturo Abelino Almanza Vásquez, el empresario que construyó “Almanza Alta Moda”. La fecha encriptada en el fondo anaranjado esconde las vicisitudes de estos espacios donde centenares de adolescentes se formaron para una Bolivia libre, abierta y democrática.



1974, la promoción desgarrada

1974, la promoción desgarrada
La Promoción 1974 en el pasillo L, septiembre de 1973.

El martes 5 de abril, a las 13:51, mientras almorzaba con mi familia, perdí una llamada por WhatsApp de Mario Vargas Ribera. Seguro de sí mismo, como es a sus 65 años pletóricos de anécdotas adolescentes y chismes políticos (estudió en el Juan XXIII entre 1969 y 1974 y representó al Beni como senador durante la legislatura 2006-2010), ante mi silencio involuntario, me envió un emocionante audio de 30 minutos.

Un par de semanas antes le había propuesto un cuestionario sobre Pedro Basiana Cornet, el primer director jesuita del Juan XXIII, tras la aún incomprensible partida de Enrique Coenraest y la desastrosa breve gestión del profesor de Inglés, Freddy Calvo, en 1971. Escribo una semblanza de Pedro (a estas alturas, por el volumen de información, calculo que trocará en biografía no autorizada), pues él es un educador símbolo para muchos exalumnos.

Durante el intercambio de mensajes, tras escuchar los testimonios de sus compañeros de curso, le planteé dos preguntas incómodas: ¿Por qué no hay promoción 1974 en el Juan XXIII? ¿Qué pasó con tu curso? En el audio me responde. Sé que se trata solamente de su versión y que necesito buscar las de sus compañeros e, incluso, a modo de contraparte, las de los muchachos de otros cursos que observaron el desarrollo del conflicto desde las tribunas, seguramente asustados y conmovidos.

Reproduzco textualmente las palabras de Mario, salvo algunas pocas modificaciones de estilo. Se trata de un testimonio valioso porque él era representante de su curso e interactuaba intensamente con Pedro y con Alfonso Pedrajas Moreno (de aquí en adelante solo Pica), los jesuitas que encaraban la labor de adecuar el modelo pedagógico y el proyecto educativo del Juan XXIII a la gran misión de la Compañía de Jesús en Bolivia, lo que -no podía ser de otra manera- generó tensiones con los estudiantes seleccionados y educados inicialmente por Enrique Coenraest, pues habían llegado al Juancho antes de 1972. Los intertítulos son míos.

Exordio

Querido Pancho, buenas tardes, ahorita estoy pensando, aquí estoy pensando en algunas cosas del colegio. ¡Da flojera y a veces no hay tiempo!, te voy a mandar grabaciones y, de ahí, extrapolás lo que te sirva… Está nublado aquí, negro, tronando, parece que va a llover, pero recién pasó un sur. Se supone que no debería haber lluvia, pero, a veces, también llueve por los alrededores porque Riberalta ya es grande y la lluvia no alcanza para todo el pueblo. Vamos a ver qué es lo que pasa después.

Quería contarte una anécdota interesante…, más o menos el porqué de la no existencia de la Promoción el 74, pero sí reconocida… Basiana nos hizo hacer el mosaico de bachilleres.

Mosaico de la Promoción 1974, gentileza del Depto. de Comunicación del Colegio.

Ateos precoces

Resulta que, cuando llegó, Pedro Basiana tenía bastantes expectativas en nosotros, pero nos miraba con recelo porque el padre Enrique dejó una carta de recomendación. […] Nosotros éramos, digamos, despiertos, alegres y ahí había seis en mi curso, seis riberalteños. Éramos los que llevábamos la batuta con alegría. Lo hacíamos cantar a Gringo Andrade, que era guitarrista, a Tocopiño [Jorge Villanueva], que era también guitarrista y…, pues todo era felicidad y nos gustaba ir a misa. La mayoría de mi curso, cuando el padre Enrique hacía misa en la mañanita, a las seis y media…, íbamos nosotros a su misa y lo acompañábamos. Los que íbamos éramos principalmente de mi curso. Incluso una de las decepciones del padre Enrique fue decir “cerebros estériles” [hay que confirmar el origen y el autor de la frase], porque dos alumnos o tres le dijeron que no creían en Dios porque habían leído a [Friedrich] Nietzsche. Entonces el padre, se decepcionó y sacó de la biblioteca los libros de Nietzsche y los existencialistas, como [Soren] Kierkegaar y otros más…

La cosa es que Basiana siempre [insistía en que vayamos a la eucaristía]…, era lo que más nos fregaba, nos picoteba, digamos. Un día estábamos aburridos y él también estaba aburrido. En una de sus clases de Filosofía, se enojó, no sé por qué. Me acuerdo que yo le hacía preguntas [sobre el ateísmo] y un día me llamó y me dijo: “Mario, si profundizas por esos caminos, te recomiendo que no termines loco, como algunos han terminado en un hospital pidiendo perdón”. “Ya padre”, le respondí yo.

A veces, no respondíamos a sus expectativas. Un día se enojó y nos gritó: “¡Ustedes no tienen presencia!”. Bueno, nosotros sabíamos que era porque no acompañábamos a sus expectativas.

Los presentables

A alguien se le ocurrió ahí: “¡Pucha!, ¿si se la hacemos al cura este que nos está chicoteando mucho?” Costaba sacar buenas notas en Filosofía. […] Bueno, la cosa es que dijimos: “A este cura que tanto nos mete socialismo, comunismo disfrazado de Biblia, hagámosle lo que no le gusta”. Entonces, no sé de dónde miéchica, toditos conseguimos ternos y corbatas. Agarramos y nos pusimos ternos y corbatas.

En la mañana fue la enojada del cura y de castigo íbamos a pasar clases de Filosofía de seis de la tarde a nueve de la noche. Así que tomamos el té a las cuatro y media…, y a las seis lo esperamos toditos encorbatados, bien pinchuleados, con saco, con corbata, elegantes, bien peinaditos, con la cara lavada.

Él llegó hasta la puerta donde estábamos formando al estilo de los colegios, esos antiguos colegios de gente rica, pues. Nos miró, se dio cuenta de la respuesta. Bueno, nosotros explicamos: “Nos dijo que no teníamos presencia, pues, tenemos presencia, padre, ahí como usted quiere”. Dio media vuelta y se fue y de allá nos mandó una orden.

Teníamos que ir a regar los pinos, esos que están plantados en la barda, estaban chiquititos, con las aguas de la juventud, ¡carajo!. El agua de la juventud era ese pozo de las aguas servidas de los baños, de la cocina…, ¡era un asco, pue!... y, así enternados quería [que reguemos], sin sacarse los trajes… Nosotros regamos y todos los días regábamos las plantas. De ahí fue que esas plantas crecieran rápido, pero quedaron bonitas hasta ahorita.

Nosotros comenzamos a regarlas cuando estaban recién plantadas. Ya después se hizo una costumbre, también a los castigados los mandaban a regar con las aguas de la juventud.

Huelga y golpe

Nosotros, al otro día, fuimos a clases normalmente, pero ya no fue ni un profesor. Estábamos castigados. Íbamos a estar castigados toda la semana. Así que no fuimos [a clases]. Nosotros calladitos íbamos al comedor. No nos hablaba. Nosotros comíamos nuestra parte, nos íbamos a los cursos a reunirnos, meta a charlar nosotros del golpe [especulo que pretendían repetir la hazaña de los bachilleres de 1971 que, comandados por Faustino Torrico, expulsaron de la Dirección del colegio a Freddy Calvo el profesor de Inglés que Enrique Coenraest había designado].

El día lunes, cuando teníamos que ir ya [a clases], ya no fuimos nosotros. Le mandamos a decir que estábamos en huelga. ¡Mierda!, se enojó más el cura, pero la disimulaba. Reíamos nosotros y él, por dentro reía y renegaba. La cosa es que todos esos días, un mes nos tiramos en huelga, todos esos días nosotros organizábamos a veces chupa, con chicha, en un cuarto. Como teníamos guitarristas, cantábamos, reíamos, contábamos chistes de nuestros pueblos, fumábamos. Bueno, ya teníamos permiso porque entró Enrique cuando cumplimos quince años y nos dio de a un cigarro a cada uno. Nos dijo: “El que quiere, puede fumar”, bueno algunos fumaron, otros no.

La cosa es que un día nos descubrió Pica y Pica era el lleva y trae. Tenía amigos escondidos entre algunos de nuestros compañeros. Eran los que llevaban los chismes y todo. Estaba la revolución en revuelta, al estilo serio, a ver quién ganaba. El cura no daba el brazo a torcer ni nosotros. Él tenía sus espías y ¡cabalito!, llegó Pica, ¡carajo!, cuando estamos comenzando a beber chicha. De ahí, del barrio comprábamos, del colegio más allá había chicherías. Pica dijo: “Yo les aconsejo que saquen esa chicha, vayan y la boten, no beban porque, si yo le aviso a Pedro, va a ser grave”. ¡Puta!, nos dimos cuenta, tenía razón. La echamos la chicha y a dormir no más, ¡listo!

Ceremonia en el San Rafael.

Día del amor

Llegó el Día de la Primavera, Día del Estudiante, Día de la Juventud y etcétera. Todos estaban allá [en el pasillo L] formando, a las 10 de la mañana. Formaban para recibir su Coca Cola y su salteña… Y un colegio… lejos, donde no conocíamos esas cosas, nos mataba el deseo, ¡carajo! Le preguntaron [a Basiana] los otros compañeros: “¿Qué pasa con tercero medio?”, porque estábamos en tercero medio o quinto de secundaria. “Son los hermanos separados”, respondía él, “pero ya van a volver”.

Cuando estaban recibiendo sus salteñas y su Coca Cola nuestros compañeros de los otros cursos, al fondo nosotros nos juntamos y cantamos a voz en cuello, a gritos, La Marsellesa, el Himno Nacional y Viva Mi Patria Bolivia, no me acuerdo el orden sí, pero eso lo tenía con más bronca a Basiana porque era una protesta, digamos, contra su españolidad. Eran españoles, luego creo que se convirtieron a bolivianos, no sé, pero era una protesta, digamos, más grande que la que él hacía y más efectiva…

Amenaza

Así pasó un mes, ya estaba fea la loba…, y más calientes mis compañeros, ¡puta!, hablaban, discurseaban en contra del cura. Era todo un desastre, hasta que Basiana nos mandó a Pica con la amenaza que ya se había cumplido más de un mes y, si no volvíamos a clases el día lunes, iba a ser cerrado nuestro curso por indisciplina.

Había averiguado en la Supervisión de estudios del Ministerio de Educación, podía cerrarlo, íbamos a perder el curso, ¡carajo! Todingos nos asustamos, porque nosotros éramos becados, la mayoría gente sin recursos… No teníamos para ir a estudiar a otras ciudades… Y un colegio de esa calidad, el mejor que había en Bolivia, por todo, no solamente por el estudio, si no por la alimentación, el cariño, la familiaridad y todas esas cosas que existía en el colegio.

Nos asustamos y, como yo era el presidente del curso, pensé: “Mi padre me espera allá con una chicotera, ¡pa la mierda! y me manda a cargar goma y almendra al monte”. Así que empecé a trabajarlos uno por uno, para convencerlos.

Y no…, no estaban convencidos, ¡no! “¡Qué mierda!, si nos bota que nos bote, ¡qué huevada, no vamos a ir a clases!”, decían algunos. Yo los reflexionaba: “Hermano, pensá en tu padre, pensá en tu madre, ¡carajo!, se están rajando el lomo para mandarte tu mesada y no vamos a encontrar otro colegio como este”. “¡No, que no!”, respondían, ¡puta, mierda!, no querían.

Capitulación

Al final, poco a poco, se fueron convenciendo que yo tenía razón y se juntaron así algunos cuantos, los más resistentes a regresar al curso. Ellos creían que no nos podían aplazar porque ya estábamos en octubre. Había algunos más vivos que charlaron y negociaron con el cura. Al final, aceptaron y listo. Entonces yo le dije a Pica: “Bueno, padre, cuál es la condición, han aceptado los compañeros, vamos a volver a clases de una vez para que termine el año y que se acabe todo esto y nada más”.

Cuando volvió, me dijo: “Pedro está de acuerdo, lo único es que tienen que firmar un documento que él va a redactar”. “¡Mierda! ¡Otra vez! ¿Qué nos hará firmar?”, protestaban. Al final, yo, con la “perseguidora” porque yo le tenía miedo a mi padre, era peor que el papá de Manolito, no tiraba zapatazos, era palazos, así que… “¡A la mierda!”, dije, “yo cago si no firmamos” y la postura del cura era: “O firman todos o no firma ninguno”.

Proclamas

Así que uno por uno charlé. “Dejémonos de huevadas, es por nosotros, ahora ya no pensemos ni en nuestros padres, mira, nos aplaza, ¡a la mierda, carajo!, un año, ¡son huevadas!, y un año aplazados, ¡no, pues!, pónganse a pensar”, les dije. Reaccionaron favorablemente y dijeron: “Tenés razón, vamos a ver”. Había varios que querían regresar también, algunos estaban acobardados de tanta vagancia. Fuimos a la Dirección.

El show fue cuando estábamos firmando, ¡pue, carajo!, toditos, en la Dirección que era la antigua, en ese cuartito de más allá del dormitorio del cura, la salita, ahí. Había algunos que decían: “Yo firmo, padre, pero no dejo de ser libre”, ¡mierda!, y firmaba. “Yo, padre, firmo esto, pero obligado porque a mí no me gusta vivir como esclavo”. ¡Puta, mierda!, unos discursangos, ¡carajo!, y el cura calladito.

Firmamos toditos, yo respiré tranquilo porque dije, que se acabe esta huevada ya, no daba para aguantar más. Así que, al final, “bueno, padre”, le dije, “ya está todo firmado, todo hecho como usted quiso, nosotros también… ya sabe cuáles son nuestros deseos, pero queremos acabar el curso, que no haya problemas y seguir adelante. ¿Qué sigue ahora?”. Me respondió: “Ahora no sigue nada, Mario, ahora simplemente ya está, se acabó, esto ya es una experiencia, a sus cuartos a alistar sus cuadernos, ponerse al día y sigue el estudio”.

Garrotazo

Al otro día, lunes ya era, fuimos a las clases y nadie nos dijo nada. Todo el mundo estaba calladito, le tuvieron miedo a Pedro, para hacer comentarios, los compañeros de otros cursos. Y seguimos las clases, pero el garrotazo vino cuando ya nos estábamos yendo de vacaciones.

“Muy bien, señores”, nos dijo Basiana, “ustedes necesitan una lección”. ¡Carajo, mierda!, a ver con qué nos viene el padre, dijimos nosotros. “El próximo año no va haber promoción, todo el año vamos a ir a trabajar a las minas, al campo, a los cerros para que conozcan la realidad de esa gente que quisieran tener los puestos de ustedes y ustedes despreciando esto”. ¡Mierda, puta!, dije…, yo le digo a mi padre que no voy a estudiar, que voy a trabajar, ¡ya mierda! me tumba chicote.

Así que, agarramos no más y nos pusimos a charlar. “No, padre, no haga eso” y no sé qué le dijimos… Yo le hice una propuesta. “Sabe qué, padre”, le dije, “lo que necesita el mundo no es que nosotros nos convenzamos, nosotros ya nos hemos convencido, lo que necesitamos nosotros y para el bien de la ideología que usted está impartiendo, es que hagamos un extensionismo ideológico, recíbanos usted en el colegio y nosotros estudiamos en cualquier colegio con las ideas que usted nos ha implantado”.

Ya nosotros lo teníamos todo bien claro, la cosa era media extrema. “Y nos reconoce también como bachilleres”, le dije, “y los que no puedan venir al colegio porque no quieren, no vienen, y los que quieran venir y no pueden porque no tienen, usted les ayuda y los tiene en el colegio”. Y le pareció bien la idea.

Entonces algunos supieron de esas ideas y volvieron al colegio. Creo que eran unos seis o siete. Más estábamos en Cochabamba. Nos fuimos por nuestra cuenta también, no volvimos sí al internado, sino vivíamos en Cochabamba Toto Chávez, Carlos Salguero, yo, no me acuerdo quién más. Los otros no volvieron, pero habíamos varios, habíamos hartos. Otros no volvieron al colegio porque eran de Cochabamba, estaban ahí Gustavo Siles, Vilaseca…, y al final hicimos un curso más o menos de unos 13 o 14 que de vez en cuando charlábamos entre los compañeros.

Nómina de bachilleres del San Rafael en 1974, gentileza de su Dirección.

Ceremonia

A fin de año, Basiana nos reconoció. Hizo un acto de reconocimiento a los bachilleres del colegio Juan XXIII, Promoción 74. Algunos no se enteraron porque no quisieron volver ni quisieron saber nada del colegio. Ya ellos sabían la idea, pero no volvieron. Había algunos que les afectó. Incluso he charlado con compañeros de otras promociones que no salieron [bachilleres del colegio] y, bueno, a ellos no les gustaba cosas prohibidas o prohibitivas y que no sé qué. Decían que el colegio no es una monja, no es puro, hay cosas…, bueno, normal es, somos humanos.

Regresamos al colegio y nos hizo una ceremonia. La promoción se llamaba Pedro Basiana y el lema era: “Es tarea de toda la vida graduarse de hombres”.

Intolerancia

Hubo un acto de parte del padre, que en paz descanse… No lo quería a un compañero de curso y él vino a la ceremonia. El padre lo paró, a él, a su madre y a su tía que vinieron a la ceremonia, en la dirección. De ahí los botó del colegio, le dijo: “Tú no eres de esta ideología”. No te voy a decir cuál compañero es. “Tú no eres de esta ideología, no tienes autorización para entrar al colegio”, le repitió. Listo, lo sacó, ¡carajo!

Ese compañero, por ejemplo, está alejado de todos. Cuando nos encuentra, nos abraza, charlamos, ¡puta!, es feliz, todo lo que querrás, pero no se junta, no entra ni al grupo de WhatsApp, ni quiere saber nada del colegio, por supuesto, ¿no? Lo hirieron en el alma a ese pobre.

Mosaico

Pasó el tiempo, el padre me reclamaba, quería el mosaico de la promoción. Yo era el fotógrafo del curso porque yo estudié, cuando había esos cursos extras, yo escogí fotografía y tenía una cámara. Por eso, tenía hartas fotos que se me han fregado, ya son fotos antiguas.

Me acordé que tenía unas fotografías del grupo, pero ya algunos se habían ido, esto fue el 73, después de la pelea, antes de que salgamos de vacaciones. Hay varias fotos ahí que están circulando. Yo saqué una de esas…, estábamos casi todos, estaban Pedro y Pica. A los que faltaban le puse sus cabezas, las acomodé ahí, hay unos cuatro o cinco, creo, no me acuerdo. Le hice un mosaico bonito.

Me reclamaba y le dije: “Padre, ya está listo su mosaico”, pero él ya estaba en el hospital Setón, ya estaba enfermo con su cáncer del estómago o de la sangre, algo así. Yo agarré y se lo llevé y, feliz, me abrazó, contento. “Sí, ustedes han salido del colegio”, me dijo, “ta, ta, ta y listo”. Ahí charlamos, siempre charlábamos porque le gustaba a Pedro charlar conmigo de Filosofía.

Tomasito

[Cuando cerraron la Promoción 1974], algunos charlaron con padre Pedro y le dijeron que no tenían condiciones de pagarse un buen colegio. Preguntaron si el colegio podía ayudarles para terminar porque ellos no querían estar en el colegio. Hubo uno que se fue a Sucre. Basiana pagó de su bolsillo la mensualidad de uno de mis compañeros en Sucre, en el Sagrado Corazón.

Le hicieron una broma que todos la reían cuando regresó. [Reproduzco en forma de diálogo el relato de Mario]:

-Bueno, padrecito, mire aquí están mis notas, primer alumno del colegio, en el Sagrado Corazón. He cumplido. Yo le agradezco porque usted me ayudó para salir bachiller en ese colegio -provocó el becado en Sucre.

-Está bien- -le respondió Pedro.

-Ahora, mire yo estoy de ida hasta Riberalta y no tengo para mi pasaje, pero no quiero ocasionarle ese gasto y me voy a ir por carretera en el camión de René Jaimes, un compañero cuyo papá tiene un camión que viaja al Chapare. Allá voy a tomar una embarcación de unos amigos que no me van a cobrar nada y me van a llevar hasta Guarayamerín -la charló el compañero.

-¡Ah!, pero que bien, Tomasito, está bien que ahorre -manifestó Basiana [Ya te dije el nombre sin querer queriendo, ríe Mario].

-Usted sabe, padre, que para viajar en embarcación, esas embarcaciones, toc, toc, toc, los motores suenan feo, yo necesito que me regale para mi colchoncito y ahí tener para ir durmiendo porque son 15 a 20 días de viaje, sin parar día y noche -insistió Tomás.

-Ya, Tomasito, te voy a dar para tu colchón -aceptó el padre e iba anotando.

-También, padre, hay hartos mosquitos, pue, usted sabe la malaria, el dengue, esas enfermedades que a uno lo pueden matar, también para mi mosquitero -añadió el recién retornado desde Sucre.

-Ya, está bien, Tomasito -pacientemente aceptó Pedro.

-Y, padre, alguito más, para mi tapeque, usted sabe, 15 días a 20 días sin comer, ellos no me van a regalar la comida -aumentó Tomás.

-Ya, está bien, Tomasito -concedió el padre.

-Y… bueno, padre… -intentó obtener algo más.

-¡No, no, hasta ahí no más!, Tomás, te voy a pagar tu pasaje en avión y te vas a Riberalta en avión -con una energía repentina, Pedro Basiana zanjó el tema.

Así que [Tomás Saucedo] se vino en avión desde Cochabamba a Riberalta. Esa es una de las historias chistosas de la relación de mi curso con el padre. Lo de Tomás demuestra que la batalla con Pedro fue civilizada, al estilo moderno, como Rusia y los gringos. [Fue una guerra fría ardiente, le provoco]. ¡Exacto!, pero pactada. Ambos bandos salieron ilesos, aunque con heridos, pero todos ganadores.

Viéndolo de más arriba, Basiana deshizo una promoción regular y fue especial por el carisma de los estudiantes, la del 75 se redujo solo a cinco alumnos pues no querían ese método y me parece que el 76 fue cero [Arturo Monroy asegura que hubo promoción 76 sin mosaico], el 77 mejoró la cantidad pues ya había muerto Basiana.

Celebración del bachillerato de Mario Vargas en un restaurante de la ciudad.

Epílogo

El testimonio de Mario Vargas Ribera es amplio e incluye más historias como la versión de Pedro sobre algunos combatientes de Teoponte, su enfermedad y fallecimiento, su reacción con Arturo Malala cuando el adolescente silbó a la hija de una de las cocineras (episodio narrado a Mario por Milton Castro Videz, el acordeonista del Trío Oriental) y sus conversaciones con Pica y Édgar Dávalos.

Sería interesante, con la finalidad de recrear lo más fielmente posible esta historia, que los compañeros que debían obtener el bachillerato en 1974 sin obstáculos, como Enrique Coenraest hubiera deseado, aporten sus versiones y que los bachilleres de las promociones 1975, 1976 y 1977, que ingresaron al colegio los años 1970, 1971 y 1972, respectivamente, contribuyan a completar el relato. La idea es contar con material suficiente para reflexionar el modelo pedagógico de Pedro Basiana, las reformas educativas que introdujo en el Juan XXIII y, en definitiva, el proyecto histórico para Bolivia del que estaban preñadas con las premisas de la teología de la liberación y que -con la emergencia del Estado plurinacional- conocemos, vivimos y cuestionamos durante estos años.

Autorizan la venta de una fracción de Cocaraya

 Autorizan la venta de una fracción de Cocaraya

Uno de los edificios de Cocaraya.

Una fuente de alta credibilidad confirmó hoy, martes 15 de febrero de 2022, que el Directorio del Colegio Juan XXIII aprobó en su reunión de diciembre pasado, días antes de la finalización de 2021, la venta de aproximadamente una hectárea de los predios de Cocaraya a un exalumno que había alquilado tal fracción para explotar yeso.

El director del Colegio Juan XXIII, Luis Antonio Carrasco Pacello, afirmó la fuente, expuso la propuesta de venta asegurando que contaba con la aprobación del provincial de la Compañía de Jesús, Ignacio Suñol. Sin embargo, prosiguió el informante, los miembros del Directorio del Colegio Juan XXIII dejaron a disposición de Suñol la ratificación de tal decisión.

El 20 de noviembre de 2021, en las instalaciones del campus de Villa Granado, en ocasión del Encuentro Nacional de Exalumnos 2021, Carrasco Pacello había asegurado ante los participantes de dicho evento que Directorio del Colegio Juan XXIII había descartado cualquier intención de venta de los predios de Cocaraya.

Antes de autorizar la venta parcial de Cocaraya, afirmó la fuente, la representante de ASIA-J23 en el Directorio del Colegio Juan XXIII, Sonia Chura, quien también ayudaba en los trámites de aprobación de los planos de Cocaraya en favor de la Compañía de Jesús ante la Alcaldía de Sipe Sipe, renunció a su cargo de vocal. Chura no informó sobre su decisión al Directorio ASIA-J23.

El oxi y exalumno José Samir Makaren Chávez, en representación del “Colegio Particular Juan XXIII”, compró los predios del fundo rústico agrícola industrial Cocaraya (Virgen del Carmen) ubicado en la zona de Suticollo, municipio de Sipe Sipe, el 27 de enero de 1983, mediante escritura pública Nº 35 de 27 de enero de 1983, otorgada por la Notario de Fe Pública Nº 9 de la ciudad de Cochabamba, Dra. Aida Eliana Yapur Prado, de su anterior propietario, Jaime Cabero Covarrubias. Los documentos demuestran que la titularidad del inmueble de Cocaraya está a nombre del “Colegio Particular Juan XXIII”, no de la Compañía de Jesús ni de Fe y Alegría.

Makaren Chávez explica: “El proyecto para construir Cocaraya fue financiado por CEBEMO (una ONG de los Obispos de Holanda), considerándolo como una ampliación del Colegio Internado Juan XXIII para posibilitar que más muchachos se beneficien. El proyecto establecía que allí empezarían sus estudios los muchachos de los dos primeros años. Era la Etapa de Cultura. Luego pasarían a la Comuna, en Villa Granado. Las construcciones tomaron como modelo algunas casas históricas: Casa de la Libertad, Casa de la Moneda..., así los chicos podrían sentirse como en su casa”. Un voluntario español, Pedro Catalina, dirigió la construcción de los edificios de Cocaraya. Un equipo de exalumnos lo ayudó en tal empresa.

El Directorio de la Asociación de Exalumnos, ASIA-J23, manifestó que estudia las acciones para defender los predios de Cocaraya.

La misión educativa del Juan XXIII

La misión educativa del Juan XXIII

Resolución Ministerial No. 42.

El colegio Juan XXIII cumplió 57 años. Por solicitud de monseñor José Armando Gutiérrez Granier, a la sazón obispo auxiliar de La Paz, el ministro de Educación, Ciro Humboldt Barrero, mediante la Resolución Ministerial No. 42, de 16 de enero de 1964, autorizó al Arzobispado de La Paz el funcionamiento del Colegio Particular Internado Episcopal Juan XXIII en la zona de Aranjuez de La Paz “bajo la dirección” del sacerdote diocesano Enrique Coenraest, quien -a partir de aquel año- enfrentó la misión de seleccionar “alumnos internos […] provenientes de todo el país” para sexto de Primaria y, sucesivamente, los seis cursos de Secundaria.

Presumo que Coenraest, tras constatar las paupérrimas condiciones de vida de los centros mineros de Potosí y otras zonas, expuso ante monseñor Gutiérrez Granier un proyecto educativo innovador: seleccionar estudiantes brillantes de los sectores más pobres de todas las regiones de Bolivia para brindarles la oportunidad de una educación humanística de alto nivel, como en los internados europeos.
Inauguración del año académico en 1964, a la derecha Enrique Coenraest.

Monseñor Gutiérrez Granier conocía detalladamente el estado de la educación en Bolivia. Había formado parte desde 1953 de la Comisión Nacional de Reforma de la Educación como representante nada menos del Ministerio de Educación del primer gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Esta comisión logró en 1955 la promulgación del Código de la Educación Boliviana. Gutiérrez Granier era consciente de los esfuerzos del MNR por universalizar los servicios educativos a costa de la calidad de la educación. Por esta razón, respaldó desde el primer instante el proyecto de Coenraest: educar a una élite.

Anticipadamente, con donaciones de las familias de sus parroquias de Jodoigne (Bélgica), Coenraest había construido la infraestructura necesaria en Aranjuez y había equipado el colegio con los enseres indispensables para que los elegidos aprendan en condiciones óptimas. También había seleccionado profesores normalistas de reconocido nivel. El primer grupo, promoción 1970, entre otros, estuvo conformado por: Gualberto Cupé Clemente, Guido Jaimes Vargas, Galo Mamani Taboada, David Mur Reinaga, Fanor Nava Santiesteban, Andrés Echalar Torricos, Lorenzo Calderón Mercado(+) y César Oni Villamor(+).
La promoción 1970 en ocasión de sus Bodas de Oro.

En 1965, cuando Coenraest decidió trasladar al Juan XXIII a Cochabamba por problemas geológicos de la infraestructura de Aranjuez, monseñor Gutiérrez Granier, quien había sido designado obispo de Cochabamba, intercedió ante la familia Gumucio Gutiérrez para que done los terrenos en Villa Granado (Coña Coña) al Colegio Particular Juan XXIII, donde Coenraest, siempre con la ayuda de los feligreses de Jodoigne, repitió su hazaña.

Dieciocho años después, el 27 de enero de 1983, José Samir Makaren Chávez compró 18 hectáreas en Cocaraya para el Colegio Particular Juan XXIII, así reza en las escrituras de transferencia, con dineros de la cooperación internacional. Allí construyeron más ambientes para la expansión de la Pequeña Nueva Bolivia.

Estos antecedentes prueban que el Colegio Privado Juan XXIII tiene una personería jurídica vigente y que su patrimonio material solo responde a fines educativos para beneficio de los sectores más pobres de todas las regiones de Bolivia.

APUNTES PARA IMAGINAR EL JUAN 23 DEL SIGLO XXI


APUNTES PARA IMAGINAR EL JUAN 23 DEL SIGLO XXI


1. Antecedentes

Desde finales de 2017 nos encontramos en emergencia ante el anuncio de los jesuitas de cerrar el colegio. Evitamos la salida por el desastre organizándonos y aportando 100 bolivianos “per nuca” cada mes (alrededor de 11 mil bolivianos cada mes, los informes de Tomás Arriola son completos y detallados). Logramos prolongar la agonía de nuestro Juan 23 durante dos años, en los que sin éxito intentamos plantear proyectos para financiar el actual modelo (los jesuitas siempre argumentaron que el problema esencial era financiero). Caímos en la trampa, nos equivocamos.

2. Propuesta de los jesuitas

Recientemente, con la asunción de un nuevo provincial, los jesuitas plantearon al Directorio Nacional de J23 cuatro opciones (sobre las cuales discutimos y asumimos posición en algunas regionales), a saber: cerrar el colegio, que los “exas” asumamos su administración plena, entregarlo al Estado o convertirlo en un San Calixto/San Ignacio bajo la tutela de la Fundación Pedro Arrupe.

2.1. Cerrar el colegio
Es la salida por el desastre que evitamos durante 2018 y 2019, equivale a la muerte de nuestros sueños y de nuestra memoria adolescente. Todos la rechazamos.

2.2. Administración plena de los “exas”
¿En este momento estamos en condiciones de administrar plenamente el colegio? No, hay que decirlo con honestidad, no tenemos el físico para hacerlo, por lo menos no la fortaleza financiera. Perdimos dos años pensando proyectos meramente económicos para prolongar la agonía del actual modelo Juan 23.

2.3. Entregarlo al Estado
Equivale a la primera opción, considerando los altos grados de desinstitucionalización y corrupción del actual Estado. Es impensable. ¿Qué entregarían? ¿El concepto educativo del Juan 23? ¿El patrimonio del Juan 23? Considero que incluyeron esta opción solo por ampliar el abanico de posibilidades.

2.4. Convertirlo en un San Calixto/San Ignacio
Lo digo de entrada: es la peor opción porque nos escamotea el capital simbólico (nuestro modo de ser) y el patrimonio del Juan 23 conservando el nombre. Transferir el colegio a la Fundación Pedro Arrupe supone transferir su patrimonio y renunciar a su identidad. Los colegios San Calixto y San Ignacio forman a las élites de La Paz, a aquellas que disponen de dinero para financiar la educación de sus retoños. ¿Pretenden convertir al Juan 23 en un espacio de formación de las élites cochabambinas? ¿Cuál es la finalidad?

En Cochabamba, nos hemos propuesto pensar otras opciones que conserven la esencia del Juan 23. Alguien cuestionó: “¿Podemos pensarnos sin los jesuitas?” Sí, les propongo algunos apuntes.

3. Propuesta de Juan 23 del Siglo XXI: Otro modelo educativo

El Juan 23 del Siglo XXI necesita recrearse a partir de su esencia, esto es, recuperando su historia/tradición, aprovechando las ventajas de la sociedad red (web 2.0) y proyectando Bolivia por lo menos en 50 años.

Pienso que el Juan 23 del Siglo XXI:
- Ya no es un internado, hay que respetar y fomentar el concepto de familia y el desarrollo de los adolescentes.
- Ya no es clerical, por el carácter universal de su propuesta; por ejemplo, su director de ninguna manera puede ser un cura.
- Ya no se desarrolla en un solo espacio de formación, esto implica superar la forma escuela como una criatura de la revolución industrial del Siglo XIX.
- Ya no depende de la cosmología occidental; por ejemplo, recupera el concepto de servicio y cooperación de las comunidades andinas, amazónicas y chaqueñas.
Para el nuevo modelo, a modo de lluvia de ideas, propongo cinco etapas:

3.1. Bachillerato
- Seleccionar dos estudiantes (mujer y varón) de sexto de Primaria en cada uno de los 345 municipios del país considerando tres requisitos: variedad étnica/regional, escasos recursos y solvencia académica.
- Observar su desempeño académico en alguna unidad educativa de su espacio vital.
- Implementar vía internet (existe abundantes antecedentes de educación virtual) programas de formación complementaria en áreas de conocimiento que el sistema educativo boliviano ignora o minimiza, por ejemplo, Escritura, Lectura, Historia de Bolivia, Historia de los cambios sociales el mundo, Lógica, Inglés y una lengua nativa.
- Fomentar la integración de los educandos en actividades culturales, deportivas y sociales en sus espacios vitales, según el nivel que les corresponda.
- Interactuar con las familias de los educandos como corresponsables del proceso de formación de sus hijos.
- Guiar a los educandos de niveles superiores en algún trabajo remunerado de su espacio vital.
- Reunirlos en casas departamentales de formación durante las dos semanas de vacación invernal para que realicen múltiples actividades propias del ser juancho (evaluación de desempeño, campamentos, convivencias, caminatas, charlas, conferencias, debates, etc.).
- Reunirlos durante un mes, aprovechando las vacaciones de final de curso, en Villa Granado y Cocaraya para que realicen las actividades propias del ser juancho ya descritas.
- Otorgarles un certificado de proyecto de vida a los que concluyan el programa.

3.2. Servicio social
Integrarlos durante un año, tras el bachillerato, en alguna institución de servicio social de alguna región diferente a la de su espacio vital con la finalidad que conozcan Bolivia, que interactúen en diferentes contextos socioculturales y que definan su proyecto profesional.

3.3. Profesionalización
Patrocinar la profesionalización de los bachilleres que así lo deseen en:
- Universidades, institutos y centros de capacitación de Bolivia mediante un crédito de profesionalización. No es deseable que todos obtengan alguna licenciatura, lo esencial es que aprendan un oficio.
- Universidades extranjeras, facilitando el acceso a becas o mediante créditos.
La idea de fondo es que logren su independencia económica con capacidad de ahorro e inversión en proyectos personales y/o colectivos.

3.4. Acción comunitaria
Esta última etapa, con el más amplio espíritu de libertad plena, consistiría en:
- Formar parte de ASIA J23.
- Devolver los créditos de profesionalización.
- Participar de la dinámica social, política y económica de su espacio vital, su región y el país con la más amplia libertad de acción.

4. Requisitos para el nuevo modelo Juan 23

Considero que el requisito fundamental para cualquier proyecto de Juan 23 del Siglo XXI, el descrito arriba con contribuciones u otro diferente, al final el que decida el juanchismo, requiere:

- Consolidar ASIA J23 formalizando su personería jurídica y aportando económicamente para su crecimiento. Es clave la participación “orgánica” de sus miembros, que necesitan ejercer sus derechos y cumplir sus responsabilidades. No estoy de acuerdo en que algún “paracaidista” participe de alguna reunión y pretenda imponer sus puntos de vista sin cumplir sus deberes con la institución.
- Escribir la historia, la tradición de nuestro Juan 23, la mayoría de nuestros hermanos mayores de la primera promoción pueden aún aportar con sus memorias.
- Verbalizar qué elementos (indicadores) nos hacen hijos/producto/resultado del Juan 23; por ello es importante registrar todos nuestros encuentros.
- Visitar, conocer y estudiar otras experiencias educativas; por ejemplo, qué nos impide enviar una misión a Finlandia para conocer cómo es la mejor educación del planeta. Contamos con juanchos en el Estado que podrían interceder ante la representación de aquel país.
- Proponer un modelo educativo financieramente sustentable a la Compañía de Jesús implica recursos, tiempo y energía. Con nuestros aportes mensuales paguemos a un equipo técnico multidisciplinario que lo formalice.
- Plantear la creación de la FUNDACIÓN JUAN 23 que reinvente el modelo educativo Juan 23 y administre su patrimonio con la participación de la Asociación de Exalumnos y la Compañía de Jesús.

En suma, enfrentamos la misión preservar el capital simbólico y el patrimonio del Juan 23.

5. Acción en el Directorio

Durante la reunión de mañana, sábado 20 de julio del año 2019, los representantes nacionales y regionales de ASIA J23 tienen la misión de definir la postura de los exalumnos en el Directorio del actual Juan 23, en el que solo dos “exas” nos representan. Según la composición de dicho Directorio, con delegados del propio colegio, Fe y Alegría y la Compañía de Jesús (todos con el mismo sello ignaciano indeleble), somos minoría y no disponemos de la capacidad de influir en las decisiones trascendentales.

Preveo los siguientes escenarios, para nuestros representantes (sé que uno de ellos es Tomás Arriola):
- Que voten sin mayor discusión por convertir al Juan 23 en otro San Calixto o San Ignacio con las consecuencias que ya he descrito (cf. infra acápite 2.4).
- Que dignamente se abstengan y no voten o voten en blanco, para no ser soporte de una decisión ya tomada.
- Que con valentía propongan una quinta opción, diferente a las cuatro de la agenda de los jesuitas, para proyectar el Juan 23 del Siglo XXI (cf. infra acápite 4).
Pienso que de ninguna manera, con el argumento de “por qué no podemos codearnos con la élite que gobierna este país”, debemos aceptar que el Juan 23 se convierta en un San Calixto o un San Ignacio bajo la tutela de la Fundación Pedro Arrupe. Ello supondría acabar definitivamente con esta experiencia.

Tenemos que persuadir a la Compañía de Jesús que el capital simbólico y el patrimonio del Juan 23 son nuestros y son necesarios para pensar en modelos educativos replicables en todo el país.


Francisco Sosa Grandón
Promoción Sandino 84
Cochabamba, 19 de julio de 2019